LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Alsina

21/01/2021

No he escrito antes este artículo por no ser considerado pelota, pero después de tantos reconocimientos y premios, creo que no corro riegos. Y si no, allá corran tintas. Hace Carlos Alsina una radio de orfebre, de paciencia infinita, de monje benedictino que se levanta todos los días a las tres de la mañana. O directamente no se acuesta. Ayer le hizo una entrevista al ministro Escrivá en la que resoplaron hasta los diodos. Pero Alsina no pierde la forma, jamás la compostura. Si acaso, te apunta con la siguiente pregunta. Y que el invitado se busque la vida.
Comenzó muy pronto en la radio, cuando apenas había salido de la facultad. Inauguró Onda Cero por las mañanas, antes de que comenzara Luis del Olmo, con un informativo que se llamaba Al día. Luego transitó por numerosas franjas, incluida la madrugada, hasta dar con sus huesos en La Brújula, donde estuvo varios años y comenzó a marcar tendencia con sus monólogos de las ocho. Un profesional debe dejar su impronta y remachar el clavo que domina. Y eso Alsina lo hace a la perfección. Saca partido al máximo de sus virtudes y sus defectos, los oculta. Sabe que la radio es el medio del comunicador y a ello se pone cada día.
Me entrevistó una noche en La Brújula un día que hizo el programa desde Alcázar de San Juan. Intuyo que se le caería algún invitado y me llamó de relleno. Yo se lo agradecí infinito, aunque me puteó desde la primera pregunta. Era pregonero de la Semana Santa de Alcázar y quería saber por qué los Carnavales allí se celebran en Navidad. Salí como pude y no volví a entrar más que por exigencias del guión. Prepara las entrevistas como si le fuera la vida en ello. Y es que le va la vida en ello. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias no acuden a Onda Cero con Alsina desde las últimas elecciones. Imagino que recapacitarán después de lo de ayer con Escrivá.
Trabajo en Onda Cero desde hace más de veinte años y he tenido el privilegio de hacerlo con los mejores. Conocí a Luis del Olmo; hice un regional con él sentado a mi vera y todavía me acuerdo de las taquicardias de mi joven corazón. Era un gigante enorme, el más grande, un molino de viento que movía sus aspas en forma de papeles que cogía y lanzaba por el estudio. Después aprendí de Herrera, un monstruo, el último de Filipinas, la maestría insuperable de la radio, el genio que convertía en oro todo lo que tocaba. Y ahora Alsina, magistral, soberbio, catedrático de la palabra y la radio bien hecha. Su Diario de Pandemia fue un rayo de luz en la tortura, una claraboya a la esperanza, una manifestación de fe en las ondas. Puso de moda un tema italiano de los setenta y lo cantábamos a las ocho como quien reza un salmo con los brazos abiertos.
Vive en su dacha de Guadalajara y no quiere demasiados focos ni micrófonos que no sean los suyos. Piensa en radio, vive en radio, respira en radio. Es de las pocas personas con las que yo me he cruzado que tienen la radio permanentemente en la cabeza. Creo que no sabría hacer otra cosa, aparte de escribir, que también lo hace muy bien. Le han dado todos los premios posibles y crearán el Nobel de las Ondas solo para él y colocarlo en lo alto de su vitrina. Considero que lo mejor que un compañero puede decir de otro es que prestigia la profesión en que trabaja. Y Carlos lo logra hasta el punto de hacernos sentir orgullosos de ser periodistas. Enhorabuena, Alsina, por tu programa. Te escucho todas las tardes.