Inteligencia y corazón

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Gestor cultural de gran capacidad y afilada percepción, tanto en Toledo como en Madrid, durante su etapa como subdirector general de Museos del Ministerio de Cultura, Santiago Palomero ha dejado una huella imborrable

Inteligencia y corazón

De haber podido asistir a la ceremonia en la que el Ayuntamiento de Toledo va a nombrarle hijo adoptivo a título póstumo, Santiago Palomero (1957-2019) lo habría hecho con alguna de sus llamativas corbatas. No había ocasión de pompa y circunstancia en la que este arqueólogo conquense, subdirector general de Museos Estatales, director del Museo de Cuenca y el Museo Sefardí, no aprovechase para lanzar una irónica e inteligente mirada a quienes le rodeaban. Como experimentado gestor de museos asistió a un buen número de inauguraciones de exposiciones. Sin embargo, reservaba sus elogios para solo unas pocas. La gestión del espacio cultural San Marcos a lo largo de estos veinte años -como centro gestionado por Antonio Pareja, como sede expositiva de Caja Castilla-La Mancha y como espacio municipal- seguramente le mereció más de un comentario, probablemente expresado en las abundantes columnas de opinión que publicó en este periódico bajo diferentes seudónimos: Fray Ricardo de la Vorágine, Simeón el Estilita y Catalino.
Las páginas de La Tribuna recogen su gran trayectoria como gestor cultural -especialmente como director del Museo Sefardí durante esta última década, desarrollando por primera vez metodologías totalmente novedosas que después acabarían incorporando a sus respectivos centros-, pero también sus gustos personales e impresiones sobre el día. Son, en otras palabras, un excepcional fresco sobre esta ciudad a lo largo de los últimos quince años.
Gestor cultural de gran capacidad y afilada percepción, tanto en Toledo como en Madrid, durante su etapa como subdirector general de Museos del Ministerio de Cultura, Santiago Palomero ha dejado una huella imborrable dentro de la cultura reciente de esta ciudad. Especialmente durante la última década, cuando tomó las riendas del Museo Sefardí. Fue pionero en formatos y contenidos, así como en la divulgación de los mismos, convirtiendo un museo de gestión no precisamente sencilla -al que había estado vinculado como conservador desde 1985 y que permaneció sin dirección durante los dos años previos a su llegada, debido a la jubilación de Ana María López- en un referente de peso internacional.
Apoyado en colaboradores como Carmen Álvarez Nogales, conservadora y responsable de comunicación del Museo Sefardí; en Alfredo Mateos Paramio, creador y coordinador del Laboratorio Multicultural Francisco Márquez Villanueva -también fallecido repentinamente en Madrid el pasado verano, solo unos pocos días antes de Palomero-, y en la arqueóloga Carolina Aznar, desarrolló cursos y ciclos de conferencias tan exitosos como la Semana Sefardí y los Lunes al Sol.
Desde la Sinagoga del Tránsito aprovechó las sinergias con sus vecinos, desde la Facultad de Humanidades de Toledo hasta la Real Fundación, en cuyo salón de actos de Roca Tarpeya tantas y tantas de estas actividades se han desarrollado. Con su muerte, Santiago Palomero deja huérfanas a todas estas instituciones, pasando por el IES Sefarad, el Museo del Greco y tantos otros.
No disponemos de espacio ni tiempo suficientes como para desarrollar aquí sus trabajos como arqueólogo e investigador. Baste recordar sus trabajos sobre Cuenca en época romana, su aportación al Museo de las Ciencias en esta provincia, sus trabajos sobre el Museo Sefardí -incluida su tesis doctoral, dirigida por Manuel Bendala Galán y defendida en la Universidad Autónoma en septiembre de 2004- y la magnífica Guía de Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha, en tres volúmenes, que él coordinó y a la que acompañan las no menos espléndidas fotografías de David Blázquez.
A su nombramiento como hijo adoptivo de la ciudad de Toledo se acaba de unir, muy recientemente, la concesión de la Medalla al Mérito Cultural Extraordinario de Castilla-La Mancha a título póstumo.