PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


Llega la lluvia, se va la nieve y se queda el Covid

21/01/2021

Hemos esperado la lluvia casi con más ansia que en las asfixias del verano. Hasta diría que esta vez ha llovido incluso a gusto de todos. Los urbanitas la deseaban tanto como los del campo, las ciudades la esperaban con idéntico anhelo que los pueblos. Aunque siempre habrá algún predictor del tiempo televisivo que se suelte con lo de ‘tiempo adverso’. Dejaron de llamar mala al agua de los cielos y se les ocurrió el tratarla de adversaria o sea de enemiga. Pero, raritos aparte, que siempre asoman, esta vez la lluvia le ha parecido bien a todos. En principio, claro, no sea que, como hizo Filomena con sus copos, se nos desboque y las gotas se conviertan en torrentes.
Por ahora, y por donde estoy, ha comenzado con sosiego, aunque con el viento cada vez más revuelto. Se ha puesto de inmediato, pero con tiento, a la tarea de conseguir lo que empezó a mellar el sol tibio de estos días pasados y conseguir al fin, y tras casi dos semanas, volverla al redil líquido. Que es, por una vez, es por lo que suspiran los que andan por las aceras y los que lo hacen por los terrones. A los primeros se les quitaron ya las ganas de hacer muñecos blancos y los segundos tienen muchas ganas de ver como asoman sus siembras cuando se quite la sábana. Parece que el cereal, en principio, no ha sufrido sino al contrario, pues la gran cantidad caída hizo cámara y debajo de la costra helada se mantuvo a salvo. Pero necesita respirar ya un poco al aire libre. Otros cultivos han tenido peor suerte y otros han quedado ‘socarrados’.
En realidad, la nieve no ha sido la bruja mala. Ha sido una bárbara desatada pero el perverso ha sido el hielo. Justo fue parar de caer la una y llegar el otro con la guadaña más afilada que el diente de la loba parda. Esas noches rasas, cortantes y gélidas han sido quienes han provocado y mantenido, congelado y feroz, el daño. Han aprisionado en su caparazón la nevada y han dejado a tierras, árboles y gentes intentado como fuera quitárselo de encima. Sin conseguir lograrlo del todo. La lluvia era el único remedio, no hay peor cuña, bien dicho está, que la de la misma madera, capaz de acabar con su empecinamiento. Porque esto tenía pinta de durar un mes largo si no les daba por asomarse a las nubes y que vinieran un poquito más templadas.
Llegaron las lluvias y se llevaron las nieves. En la condición humana está que dentro de poco añoremos lo que deseábamos dejar de ver y a nada estaremos recordando con cariño a Filomena, que ha quedado para siempre en el recuerdo de los que la hemos vivido. Que siempre será mejor su recuerdo que el de la tempestad, que ni nieve, hielo, agua, viento ni sol tampoco, consigue derretir de una vez por todas y que tenemos encima ya va para un año. Es más, parece que ahora asoma con peores intenciones que nunca y pegando bocado a todo el que se le pone a tiro. Saben que me refiero al cabrón del virus.
Quizás, me gustaría pensar, es que son los últimos y más frenéticos coletazos porque su final se acerca, o eso queremos creer todos. Pero para eso hacen falta vacunas y ponerlas. Y que se dejen de hacer de gaitas y de burocracias y se pongan de verdad a vacunar masivamente y dejar de hacer anuncios, fotos y videos para sacarlos por la tele. Porque esto va al exasperantemente lento, desordenado, falto de un mando nacional y serio y de la voluntad de poner en ello, que es lo trascendental, urgente y decisivo, todo el empeño, medios, lugares y personas para que de veras y no de anuncio, el bicho, esta vez sí y déjense de medallas de latón, sea al fin vencido o al menos domeñado.
Qué vergüenza sobre vergüenza resulta una indecencia que después de tanta alharaca el porcentaje de población española vacunada cuando escribo estas líneas apenas si supera el 3%. Una más en la larga cadena de inutilidades e incapacidades políticas añadidas a esta terrible pandemia cuyo recuerdo, y no como el de la nieve, no añoraremos nunca. Solo temeremos que vuelva.