La espada de madera

Bienvenido Maquedano


¡Qué bonito es el campo!

26/01/2021

El otro día vieron en el pueblo a un buitre leonado paseando por la calle. Algunos vecinos y un guardia civil, que le daba carácter oficial al asunto, lo acorralaron en un callejón, lo atraparon con una cortina vieja y lo metieron en una caja de cartón llena de símbolos y letreros de frágil y no aplastar. Dice Luis Briones, mi biólogo de cabecera, que ocurrió algo similar en el Polígono de Toledo, que son ejemplares desnutridos. Semanas atrás descubrimos que teníamos una rata entre el tejado y el cielo raso de escayola, y que la mancha húmeda del techo no era una gotera. El exterminador que vino a casa nos hizo saber que ahora hay ratas de tejado y que ésta se habría colado por la chimenea de la caldera hasta encontrar refugio sobre nuestras cabezas. En este caso, no sé si se trataba de un individuo desnutrido; la rata, no el exterminador.
No puedo por menos que asociar estos comportamientos al impacto de la pandemia y la climatología adversa en los seres humanos. Uno de los fenómenos más llamativos es el movimiento, de momento tímido pero que parece que va cogiendo fuerza, de urbanitas que han acelerado las ideas que venían rumiando desde hacía tiempo y se han trasladado a vivir al campo. Hay un poco de todo: familias numerosas que caen en el cebo tendido por un alcalde que intenta evitar la desaparición de su aldea; pijipis que quieren resintonizar sus ombligos con el trinar de las aves; profesionales que pueden seguir dirigiendo empresas tecnológicas desde un pajar con fibra óptica; inmigrantes extranjeros que ven una oportunidad de subsistencia en lugares con alquileres y menús asequibles; cándidos que han leído muchas revistas de decoración y que tienen la imagen amable de un paraíso en el que siempre huele a hierba recién segada y a guiso de legumbres; o cuarentones que huyeron del pueblo para buscar una vida mejor, ampliar estudios, ver mundo, y que con la crisis de la edad descubren que han perseguido un espejismo.
Todos ellos descubrirán que Internet o el gas natural no llegan a todos los sitios, que el médico pasa consulta cuando puede, que la vida en comunidades pequeñas tiene muchas cosas irritantes, que las carreteras no siempre son dignas de ese nombre, y que cosas nimias como una hamburguesa de cadena americana o un cine con palomitas son un imposible. El campo, hoy por hoy, no es la versión mejorada de la ciudad. Es algo diferente, que exige del desenganche de los vicios urbanos y el enganche al tiempo lento, incluso un reseteo completo del individuo. Quien ignora estas cosas corre el riesgo de acabar como ese buitre desnutrido, acorralado en un callejón.