El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Viaje a La Alcarria

21/04/2021

Aunque con frecuencia les suela hablar de libros, hoy no es el caso, si bien detrás de lo que escribo subyace la famosa obra homónima de Cela, que me animó, en estos tiempos de confinamientos regionales, a oxigenarme recorriendo algunos de los lugares que visitó el escritor de Iria Flavia, limitándome, no obstante, a tres hermosas poblaciones, por otro lado muy vinculadas a Toledo, pues formaron parte del arzobispado toledano desde la Reconquista hasta los años cincuenta del siglo XX.
Atravesando unos parajes teñidos del verdor de la primavera, me dirigí a la villa ducal de Pastrana, aparcando en la Plaza de la Hora, presidida por la imponente mole renacentista del palacio, obra de Alonso de Covarrubias, donde pasó años encerrada la princesa de Éboli. Deambulando por su calles, llegué a la Colegiata, una de las más importantes de la archidiócesis primada, espléndido edificio que alberga un rico patrimonio, en el que sobresale la serie de tapices flamencos que narran la conquista de Arcila y Tánger por el rey Alfonso V de Portugal, obra excepcional por la que ya sólo merecería la pena desplazarse. Otros artísticos edificios nos recuerdan la gran importancia que tuvo la villa, estando muy presente la huella que dejó Santa Teresa de Jesús. Fue en el antiguo convento de San José, hoy en parte ocupado por un estupendo restaurante, El cenador de las monjas, donde recuperé fuerzas, con unas sabrosas migas pastraneras y un riquísimo secreto ibérico con gachas de pastor, servidos con una atención excelente y gran amabilidad, en un marco realmente acogedor, la sala donde estuvieron las celdas de las monjas, convertida en un comedor presidido por el retrato de la princesa de Éboli vestida de religiosa, como sor Ana de la Madre de Dios. Me despedí llevando en el paladar el exquisito sabor de la original simbiosis  de una crema fría de romero con helado de lavanda. Recomiendo el sitio.
Después me dirigí a Brihuega, antigua posesión de los arzobispos toledanos, cercada por la muralla que terminó de construir Rodrigo Jiménez de Rada, quien le otorgó  fuero en 1242. Me sorprendió agradablemente el abundante patrimonio de la población, con la hermosa iglesia románica de San Felipe, la espléndida de Santa María de la Peña, donde campea el escudo del cardenal Tavera, con su original portada gótica; el castillo árabe, la Real Fábrica de Paños, interesantísimo ejemplo de arquitectura industrial, o los templos de San Miguel y la antigua capilla del monasterio de Jerónimas; realmente bella la panorámica sobre el Tajuña.
Mi última parada fue Torija, presidida por la mole del castillo y la bonita iglesia de la Asunción, otro lugar en el que conviene hacer un alto.
Suelo decir que «si la vida te da un limón, hazte una limonada». Las limitaciones de la pandemia nos ofrecen la oportunidad de conocer el inmenso patrimonio, artístico, natural, humano, que alberga Castilla-La Mancha y España. Aprovechémosla.