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Antonio Zárate

Tribuna de opinión

Antonio Zárate


Patrimonio artístico y paisajístico, soporte para la identidad de los lugares

09/11/2021

La modernización de la sociedad española, a partir de los años 60 del pasado siglo, trajo consigo unos cambios de intensidad desconocida hasta entonces. En pocos años, el modelo productivo se hizo industrial, la agricultura se mecanizó y empezó a expulsar mano de obra, en escaso tiempo se hizo un recorrido que los países avanzados de nuestro entorno realizaron en casi 100 años, y como no podía ser de otro modo, el cambio fue acompañado de la transformación política que culminó con la vuelta a la democracia y la Constitución de 1978. Los años 90, ya dentro de la Unión Europea, impulsaron otra transformación hasta la sociedad actual, la industria se externaliza y se impone un modelo productivo en el que dominan los servicios a las personas en todas sus facetas, y el turismo es una de ellas, donde el mayor déficit es la insuficiencia en la innovación y la investigación. Y lo anterior, sin lo que no se puede entender nada de lo que hoy sucede, se acompaña de un modelo demográfico de escaso crecimiento actual, de la concentración de la población en las principales aglomeraciones, de una importante inmigración extranjera y de nuevos modos de vida y de familia. Todo eso se refleja en el paisaje edificado de los lugares y en un debilitamiento de los sentimientos de identidad colectiva y de familiaridad de las personas con el territorio, ya estudiados por la psicología, la sociología y la geografía de la percepción. Baste pensar en los trabajos de Downs (1970) y Goodney  (1973), sobre las imágenes mentales y su relación con los procesos cognitivos y la conducta espacial. También podríamos recordar al geógrafo Yi Fu Tuang (1974) y sus sentidos del lugar: de topofilia o de simpatía, de topolatría o sentido reverencial y mítico, de topofobia o de aversión, rechazo y miedo, y de toponegligencia o desinterés, cuando el lugar carece de personalidad. Desde entonces las investigaciones sobre la identidad de los lugares se multiplican.
En nuestra ciudad y provincia de Toledo, la pérdida de identidad de los lugares es fácilmente observable si atendemos a sus paisajes urbanos y a la desaparición de tipologías constructivas tradicionales, salvo en los casos de las iglesias y edificios singulares, frecuentemente protegidos como Bienes de Interés Cultural (BIC). Sólo el 7,1% del conjunto de los edificios del municipio de Toledo son anteriores a  1960, el 12,0% de los de Cuenca, el 2,8% en Guadalajara, el 3,6% en  Talavera de la Reina y así en otras localidades. Evidentemente, la intensidad de la renovación del caserío ha dependido de los procesos de urbanización y de especulación del suelo, de la proximidad de los asentamientos a los centros de mayor crecimiento económico, de su ubicación en las vías de comunicación y de la influencia de la aglomeración madrileña.
Naturalmente, los primeros desarrollos habitacionales respondieron a déficits acumulados antes de 1960, pero, luego, también a modelos de urbanización dispersa, que privilegian la ocupación difusa del territorio y las bajas densidades residenciales, y a procesos especulativos que llevaron a la burbuja inmobiliaria, donde la generación de riqueza se basa en la creación indefinida y constante de suelo urbano. Para eso se contó con la liberalización del suelo a través de las Leyes Estatales del Suelo y Autonómicas de Ordenación del Suelo y del Territorio (LOTAU), con la creación de mecanismos favorecedores de la movilización del suelo para la construcción, como se hace patente en las localidades de la 'aglomeración metropolitana' o 'unidad funcional de Toledo', si se prefiere este segundo término. La consecuencia ha sido que los paisajes históricos de nuestros pueblos y ciudades se han modificado con una velocidad y fuerza no contemplada en otros países de nuestro entorno, su superficie artificial ha aumentado de manera desmesurada y, sobre todo, su morfología pierde relación con el pasado, con lo que definía el aspecto externo y la singularidad de nuestros pueblos. La mayoría de los nuevos edificios no responden a tipología alguna, son anodinos e impersonales, y en los propios centros históricos, se construye con desinterés por los valores del paisaje urbano.
Como es fácil de observar en cualquier localidad, se alteran con frecuencia alturas y volúmenes, los materiales son siempre los mismos, ladrillo visto y cemento, cuando no colores disonantes, cubiertas planas a menudo e incumplimiento de alineaciones, es decir, se sustituyen paisajes históricos por otros impersonales, ajenos a la climatología y al entorno natural y cultural, convirtiéndose en lo que Relph en 1976 denominaba 'no lugares', propicios a la anomía y la indiferencia. Y eso mismo ocurre en los barrios modernos de nuestras ciudades, y Toledo vuelve a ser un ejemplo, no sólo en sus periferias sino en su interior, en espacios protegidos, como ha sucedido con la Ampliación de Santa Teresa en la Vega Baja y en el Casco Histórico, y se puede agravar con los macro hoteles,  ocupando manzanas enteras, como el proyecto de la calle de la Plata al callejón de los Bécquer, con propuestas de uniformizar alturas e incluso construir una piscina en una terraza, todo cuestionable por la legislación de patrimonio y el artículo 6.d. la propia Ley de Ordenación del Territorio y de la Actividad Urbanística de Castilla La Mancha (DOCM núm.97, de 21 de mayo de 2010): «La ordenación establecida por el planeamiento de ordenación territorial y urbanística tiene por objeto en todo caso: d)  La protección del paisaje natural y urbano y del patrimonio histórico, arquitectónico y cultural».
En este contexto, de despersonalización de los lugares, resulta imprescindible conservar lo que queda de los paisajes históricos, de acuerdo con el 'Memorandum de Viena' de 2005 y las recomendaciones de la Unesco al respecto de 2011, y cobra más interés que nunca la puesta en valor de los elementos de nuestro patrimonio artístico que forman parte de las identidades colectivas, a menudo difuminados y con entusiasmo reducido a las personas de su entorno más próximo, al de los profesionales de la Cultura y a las minorías que prefieren siempre la autenticidad del patrimonio a cualquier posible recreación artificial y ficticia con fines empresariales. Así, convendría reforzar actividades para difusión de su conocimiento y fortalecimiento de sentimientos identitarios y de solidaridad  no sólo con el lugar, sino con la provincia y el conjunto de la humanidad.
En este sentido son dignas de elogio las visitas solidarias a los conventos de Toledo organizadas por los guías de la ciudad y nosotros invitamos a ampliar el conocimiento a otros elementos patrimoniales de la provincia, entre ellos, y a modo de ejemplo, a tres magníficos retablos mayores: el de la iglesia de San Juan Bautista de Camarena, de Juan de Borgoña, de 1517; el de la Colegiata de Torrijos, de Juan Correa de Vivar, de 1558, y el de la iglesia parroquial de San Benito Abad de Yepes, de Luis de Tristán, de 1615. Toda una sinfonía de la evolución de la pintura a través de ellos, bajo la dirección de tres artistas diferentes, en años distintos, y cada uno con significados propios que aportan identidad a los lugares: Juan de Borgoña, representando la llegada del Quatroccento italiano, incluida la atención al paisaje, a la naturaleza y la arquitectura; Juan Correa de Vivar, la consolidación del Renacimiento, no exento de resonancias de la pintura flamenca, donde la figura y la composición dominan todo al servicio del mensaje religioso, y  Luis Tristán, discípulo del Greco, la puerta hacia la plenitud del Barroco y la interpretación religiosa después del Concilio de Trento, ya con una estética en la que se busca el diálogo y la participación del espectador, sus emociones y sentimientos. También vemos a través de esos retablos las diferencias lógicas de época en su tratamiento formal: los dos primeros, el de Juan de Borgoña y el de Juan Correa de Vivar, pinturas sobre tabla y multitud de escenas distribuidas en cuerpos y calles, 13 concretamente en el primero, 12 en el segundo, y el de Luis Tristán, pintura sobre lienzo y en composiciones de mayor tamaño y menor número, queriendo destacar lo principal. En este último caso, las escenas son sólo 6 de la Vida de Jesús, con la clara influencia del Greco, su maestro en Toledo, en el tratamiento de las formas, sobre todo en el canon alargado de las figuras, los pliegues de las telas y los violentos escorzos, e incluso en detalles, como el rostro de San Pedro del lienzo de la Ascensión, que recuerda al de las lágrimas de San Pedro del pintor cretense en el Museo 'La Casa del Greco' de Toledo. Y desde luego, en todas esas escenas de Tristán, está presente lo aprendido durante su estancia en Italia, desde las influencias miguelangelescas en las formas corpóreas de Cristo, a las más directas de Caravaggio y de otros artistas italianos. Y todo dentro del más puro naturalismo favorecido por el Concilio de Trento y del interés por la preocupación por la luz, el color y el movimiento.
Por otro lado, los tres retablos aludidos, cada uno dentro de una joya arquitectónica, que, a su vez, se alzan como 'hitos' imprescindibles del paisaje urbano, en términos de Kevin Lynch (1960), mostrando la fuerza, el poder, el dinamismo, el vigor de la sociedad toledana del siglo XVI, de su Iglesia metropolitana, de su capitalidad ocasional de las Españas, de su industria de entonces y de sus obradores de arte, de los que estas tres obras son expresión. Además, ese esplendor llega a nosotros como soporte de identidades de los toledanos actuales, vivas y presentes a través de lo que permanece de aquella época en los paisajes históricos de Camarena, Torrijos y Yepes. Por eso también, hoy más que nunca, cuando las identidades de los lugares se ven amenazadas, habría que hacer un llamamiento a la ciudadanía en defensa de su patrimonio, y a la formación de los más jóvenes en las aulas, pues es ahí donde se comienza a valorar el patrimonio artístico y paisajístico, a entenderlo y a disfrutar de él, aunque las autoridades educativas no parecen, lamentablemente, muy sensibilizadas con estos valores, como pone de manifiesto el último proyecto de reforma educativa, que da un paso más con relación a las anteriores en el progresivos desinterés por las Humanidades.