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José María San Román Cutanda

A Vuelapluma

José María San Román Cutanda


Entre los almeces dorados de Dios

29/11/2021

«Temprano levantó la muerte el vuelo/temprano madrugó la madrugada». Vienen a mi mente los versos de Miguel Hernández para describir aquella mañana en la que, tras un alba invernal, la luz terrena te cegó para despertarte ante la Luz que traspasa nuestro entendimiento. El rayo que cesó todo lo que te hacía terrenal quiso causar una ruptura tan difícilmente comprensible que forma parte del rompecabezas que constituye la entidad de la persona humana. Un estrépito certero que quiso dividirnos en dos escenas distintas, que nos hizo observarnos desde dos miradas diferentes, que nos hizo ocupar dos espacios separados. Que tú mires todo lo que existe desde la panorámica indescriptible de lo Eterno me reconforta y me reafirma en que ningún golpe mortal ni pudo ni podrá jamás quebrar lo que nos hace ser un solo corazón y una sola alma.
Porque sí, en ti ha estado, está y estará la unión, el tronco común del que las ramas siempre acaban bebiendo la savia vital necesaria para crecer y fructificar. Aunque cada rama busque su independencia, quiera crecer en su dirección y ser por sí misma elemento vistoso y útil del árbol, lo cierto es que comparte con las personas esa necesidad de volverse y mirar a su origen. Y, cuando cada una de esas ramas se da la vuelta, se encuentra con el tallo fundamental, con la raíz que les da la vida, la especie y la esencia. Soy, somos, páginas hechas de ti, consecuencias de lo más generoso de tu vida que hoy, más que nunca, te recuerdan en presente. Yo, al menos, me resisto a hablar de ti en pasado, porque tan solo te has liberado de las servidumbres a las que nos ata la contingencia.
Mientras escribo estas líneas, no puedo sino pensar en todos los recuerdos que nos has dejado. Quizá esa haya sido otra de tus grandes virtudes, que no es otra que la de saber crear buenos recuerdos. Un gran don muy difícil de alcanzar. Cada uno de los miembros de tu familia, cada una de tus páginas, albergamos un inmenso patrimonio de evocaciones en las que tu protagonismo les aporta tintes de emotividad, de protección, de cercanía, de humor incluso en algunos casos, y, por supuesto, de agradecimiento y de aprendizaje. Porque siempre que huela a café recién hecho recordaré que tú fuiste hogar, que en la sencillez del cuarto de estar de tu casa se escondía -y aún hoy lo hace- el arquetipo más perfecto de ese amor sincero, entregado, unitivo, tejido en la promesa del 'para siempre' que caracterizó nuestros días junto a ti. Ese amor construido en la unidad de tu figura, en tu ejemplo y en tu firmeza de espíritu nos enseñó a priorizar nuestro vínculo sobre todo, tal y como escribiera Virgilio en las Bucólicas: 'Omnia vincit amor' ('Todo lo vence el amor'), 'et nos cedamus amori' ('rindámonos también al amor'). Cuando Salinas lo escribió, parecía pensar en ese ejemplo tan único que solo podría ser tuyo: «la vida es lo que tú tocas».
Tu reposo es una circunstancia sometida al tiempo y al espacio, pero nunca a la reflexión y al regocijo del alma. Y aunque la palabra cementerio signifique 'dormitorio' o 'lugar de los que duermen', tiene una raíz indoeuropea que nos recuerda lo que ha sido y lo que va a seguir siendo tu vida: kei-, que significa 'echar raíces'. Allá donde están nuestras raíces, nuestro arraigo, es donde está nuestro corazón. Si tú eres la raíz de la que todos hemos nacido, también eres el soplo inspirador de nuestras conciencias. Porque, recordándote, viene a mí la imagen de un almez dorado. Un árbol que, como tú, es muy toledano, muy longevo, de gran belleza y robustez, con la virtud de nacer siempre en los lugares que parecen bendecidos por la divinidad. Un árbol cuyo encanto no solo queda en una bellísima apariencia física, sino que también se hace notar por lo generoso de sus frutos por su cantidad, por su calidad y por estar en una altura fácilmente accesible.
Esa ha sido tu vida: generosidad, fecundidad y unidad, a las que también hay que añadir una gran dosis de tenacidad, manifestada en la vida personal, sacando adelante a tu familia, y en la vida profesional, siendo una empresaria comprometida siempre al lado de tu marido, nunca detrás de él. Y, cómo no, en tu vida también destacó tu devoción, tan sencilla como sincera, tan auténtica como la del niño que lanza emocionado besos a lo alto. Una creencia en la que te recuerdo siempre con un devocional de tu infancia en la mano, y que te hace acreedora de la promesa evangélica: «en verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mateo 18, 3).
Has atravesado el sendero de la Tierra, el valle de lágrimas, camino hacia la Patria de la Luz. Mi corazón está convencido de que, más allá de tus faltas, todo lo bueno que has construido durante toda tu vida te ha allanado el camino. Con García Lorca, «mira a la derecha y a la izquierda, y que tu corazón aprenda a estar tranquilo». Has vuelto al lugar de donde partiste una vez. Y en tu regreso te has reencontrado con la senda de los almeces dorados. Esos almeces que fueron tu raíz, que en tu paso por este mundo te enseñaron a ser lo que has sido. Entre los almeces dorados de Dios, resplandeces con un entrañable fulgor, y tu fruto, dulce y sazonado, nos alimenta interiormente. Déjame que me siente y descanse bajo tus ramas, déjame que me reconforte y disfrute de tu sombra.

*Este artículo está dedicado a mi abuela, Rosario Águila Moreno, que falleció el pasado día veintiséis de noviembre, en la misma fecha que nuestra Reina Isabel la Católica, en cuya fortaleza y virtudes pareció mirarse siglos después.