Personajes con historia - Ana de Mendoza y de la Cerda

La princesa de Éboli


Antonio Pérez Henares - 21/03/2022

Si hay un lugar donde, más allá del recuerdo, el pálpito y la impronta de doña Ana de Mendoza, princesa de Éboli, permanece vivo y latente este no es otro que la ducal villa alcarreña de Pastrana. Su propio palacio, el balcón al que prisionera se asomaba, la colegiata donde está su tumba o el viejo convento carmelita donde llegó a profesar como monja rezuman algo de su aroma, de su misterio, de sus pecados y de sus secretos. 

Pastrana la recuerda y la conmemora, oficial y popularmente. Le ponen a sus dulces y bizcochos su nombre y celebran, con mucho empeño, un festival cada mes de julio donde las gentes se visten para la ocasión con las galas y las ropas de la época que fue, sin duda, el momento de mayor esplendor de su villa.

 Sin embargo, aunque sí murió allí, no nació en ella sino en la no muy lejana y también linajuda población guadalajareña de Cifuentes (1540). Su madre, María Catalina de Silva y Álvarez de Toledo, era una de las hijas del conde del mismo nombre, perteneciente a la rama de los duques de Medinaceli. Su padre, Diego Hurtado de Mendoza y de la Cerda, era nieto del gran Cardenal Mendoza, que no por serlo dejó de tener hijos, fue Príncipe de Mélito, Duque de Francavilla, marqués de Algercilla y conde de Aliano, títulos heredados por su hija, amén de Presidente del Consejo de Italia y Virrey de Aragón. 

La princesa de ÉboliLa princesa de ÉboliEra por entonces la todopoderosa casa de los Mendoza, la familia más influyente tanto durante el reinado de los Reyes Católicos como de sus sucesores, la que marcó el relevante papel de doña Ana en la Corte, tanto del Emperador Carlos V como luego de Felipe II. Pero no hay que olvidar, al leer su nombre secular y completo, el apellido de la Cerda, que indicaba su descendencia del mayor de los infantes de la Cerda, los nietos de Alfonso X el Sabio a los que su tío Sancho IV, el Bravo desposeyó de sus legítimos derechos al trono aprovechando que su hermano mayor había muerto antes que lo hiciera el rey Sabio y su hijo Alfonso solo tenía 14 años cuando falleció este. Al que tampoco dejó morir en paz pues ya se le había sublevado antes. 

Esta condición de ser de real linaje iba a llevarla siempre muy a gala la princesa de Éboli y pudo ser el origen también de algunas reales inquinas.

 Pero quizás tales y tan impactantes abolengos no le hubieran servido del todo para escalar a las máximas alturas en la que se movió desde muy joven sino hubiera sido por su matrimonio y la personalidad de su marido, el portugués Ruy Gómez de Silva, amigo desde su juventud del entonces príncipe, y luego su primer secretario y gran valido, hasta su muerte, el rey Felipe II. 

La princesa de ÉboliLa princesa de ÉboliGozó y fue digno de la mayor confianza del monarca, que no se cansó de agradecer su amistad mientras vivió, otorgándole todo tipo de honores y riquezas compartidos con su esposa, príncipes de Éboli, duques de Pastrana y de Estremera, y que incluso trasladó a sus hijos, aunque al final y para nada a su viuda, a la que en sus últimos años profesó gran inquina. Quizás, con razón y motivos o sin ella y por despecho.

 Lo que no ofrece duda alguna es la fascinante belleza y seductora personalidad de doña Ana, a quien su famoso parche en el ojo, para tapar parece un accidente producido por un florete practicando esgrima (me niego a la hipótesis el estrabismo) no hacía sino añadir mayor encanto y misterio. Casada por poderes muy joven, cuando era aun niña de 12 años, el urdidor de los acuerdos y quien firmó las capitulaciones con los padres de la novia fue el propio príncipe Felipe, pues no pudo celebrarse el matrimonio, por los viajes y quehaceres de don Ruy que le llevaron hasta Inglaterra junto a él, hasta cuatro años más tarde, en 1557.

 La princesa de Éboli se convirtió -era culta, alegre y de rápida inteligencia- en una de las estrellas de la corte y aunque entonces no hubo al respecto noticia alguna es cuando ya algunos señalan la posibilidad de un amorío con el propio monarca o incluso antes. El rumor y la acusación tomaron forma, sin embargo, mucho después y cuando ella ya había quedado viuda. 

Lo cierto es que en aquellos primeros años de su juventud y matrimonio, amén de dar a luz a nada menos que diez hijos, de los cuales llegaron a la madurez un total de nueve, su papel fue tan relevante como benéfico. Amiga del propio Felipe II y de la que sería su segunda y bien amada segunda mujer, la bella y dulce Isabel de Valois, lo fue también de su fulgurante y resplandeciente hermanastro, don Juan de Austria y de su primo el gran Alejandro Farnesio. Fue doña Ana también una de las pocas que, junto a los anteriores intentó la imposible misión de atemperar al trastornado y violento esquizofrénico príncipe Carlos, primogénito y heredero de Felipe II.

 Mientras vivió Ruy Gómez de Silva lo cierto es que no hay tacha significativa alguna, ni se le imputa tampoco, ni en su comportamiento ni en sus actividades ni cortesanas ni políticas. Sería tras su muerte cuando la princesa comenzaría a lo que entonces y ahora se ha llamado  como «dar que hablar».

 En primer lugar en la propia Pastrana, donde había levantado la pareja el maravilloso palacio que hoy todavía se conserva y en muy buen estado de conservación tras ser restaurado, donde se produciría una de las primeras controversias que aunque no graves sí afectaron a otra mujer de enorme y singular relevancia. La luego santa, Teresa de Jesús.

 Los duques le habían ayudado en sus fundaciones y de hecho habían contribuido a la fundación de dos conventos. Por Pastrana había también aparecido con similares propósitos otro de los grandes de la espiritualidad de la lírica, San Juan de la Cruz. Queda fuerte huella de ambos en la villa. También algún rastro previo de desavenencias, entre la Mendoza y la carmelita, por donde, cómo y de qué manera hacerlos, que serenó poniendo paz en ellas Gómez de Silva. Fue al morir este cuando estalló el conflicto.

Ataque de fe religiosa

Lo acaecido fue que la duquesa, al quedar viuda, en un ataque de fe religiosa, decidió meterse a monja. No solo ella, sino acompañada de varias de sus hijas. Y dicho y hecho. A regañadientes hubo de aceptarlo Teresa. Se le concedió una austera celda y ciertas prerrogativas pero pronto se le quedó muy pequeño el habitáculo, así que se trasladó con sus criadas a una casa en el huerto del recinto, donde poder tener sus armarios, arcones, vestidos, joyas y perfumes, disponer de criadas y entrar y salir a la calle cuando le placiera. 

 A la fundadora de las Carmelitas no le quedó otra -era la duquesa y señora de Pastrana- que retirar a todas las monjas, las de verdad, del convento. Al poco, doña Ana, curada de espiritualidades, abandonó la villa y marchó a su palacio madrileño donde de inició un libelo muy duro contra quién luego sería elevada a los altares, que todo hay que decirlo, fue prohibido por la Inquisición.   Fue entonces, ya viuda -Gómez de Silva había fallecido repentinamente en 1573- y regresada a la Corte, cuando comenzaría un sinuoso camino que concluiría para ella de la peor manera. Siguió brillando en la corte y siempre en contacto con los más cercanos al soberano. Tanto que se convirtió en amante de quien había sucedido como secretario del rey a su marido, Antonio Pérez, un inteligente aragonés, criado y protegido por el propio Príncipe de Éboli a quien incluso se llegó a atribuir una paternidad oculta (Gregorio Marañon).

 El nuevo valido no resultó, en este caso y en absoluto, digno de la confianza en él depositada sino un verdadero intrigante y muñidor de infamias. La más tóxica contra don Juan de Austria, al que hizo todo lo posible por enemistar con su hermano el Rey acusándole de todo tipo de conspiraciones contra él. Éste, desde los Países Bajos donde se encontraba al lado de Farnesio, envió, para intentar desbaratar sus manejos, a su secretario, Juan de Escobedo y, temeroso Pérez de que pudiera descubrir sus intrigas, ordenó asesinarlo.

 Tardó el rey Felipe en caer en la cuenta, tanto de la inocencia de su hermano, como de la culpabilidad de su secretario, pero al cabo, y tras serle presentadas abundantes e irrefutables pruebas, ordenó su detención en 1579. Fue apresado y puesto bajo custodia en Madrid aunque con ciertas libertades de movimiento. Juzgado y tras una primera sentencia logró escapar de la cárcel madrileña y se refugió en Aragón, acogiéndose a su Fuero. Los esfuerzos de Felipe II porque se resolviera su caso y fuera entregado a la justicia real chocaron con un Justicia de Aragón, Juan de Lanuza y a la postre Antonio Pérez tras una revuelta encabezada por el propio Lanuza, lo que le costaría la cabeza, fue liberado de prisión (1590) y huyó a Francia y luego a Inglaterra. Empleó el resto de su vida en tejer toda suerte de mentiras y atrocidades sobre el reino y el rey a quienes había traicionado. Vamos, que se convirtió en uno de los grandes pilares de la Leyenda Negra.

 

Venganza real.

La princesa de Éboli quedó, con ello, en una más que delicada situación y el rey Felipe II, tras conocerse que había sido su amante, no creyó que hubiera sido desconocedora e inocente de los tejemanejes sino colaboradora de los mismos. Y a ella si que le alcanzó su venganza. Fue arrestada en su palacio de Madrid el mismo día del año 1579 que el secretario, privada de la custodia de sus hijos y encerrada primero en el Torreón de Pinto, luego en castillo de Santorcaz y finalmente en su propio palacio Ducal de Pastrana en 1581 del que ya no saldría en vida. Allí tuvo la compañía de tres sirvientas y su hija más pequeña que sí tomó de veras los hábitos de monja y la acompañó hasta su muerte. Al conocerse la noticia de la fuga de Antonio Pérez de la prisión de Zaragoza, a las puertas, ventanas y balcones del palacio de Pastrana se les pusieron gruesas rejas. Y a la princesa le quedó solo permitido el asomarse durante una hora a uno de ellos, el que daba a su alcoba, para poder contemplar desde allí la plaza de la villa y el valle a los pies de la misma. Por ello la plaza tomó el nombre y hoy lo mantiene de Plaza de la Hora. 

La hermosa Ana de Mendoza y de la Cerda, perdidas sus esperanzas y viendo que sus misivas al rey, a quien pedía su protección como «caballero» y trataba de «primo», no recibieron contestación, languideció tras aquello y se apagó dos años después en 1592, tras 13 años de encierro. Fue, y allí está, enterrada junto a su marido, en la colegiata de Pastrana. 

 La actitud del rey Felipe hacia ella estuvo, poca duda cabe, presidida por una personal inquina. En sus escritos y para referirse a ella la trata de «la marrana» y los calificativos de «puta» se convirtieron en el mote popular a su persona. Sin embargo, fue muy otro el comportamiento del monarca Felipe II hacia sus hijos a los que protegió y cuidó con esmero nombrándoles un administrador para que custodiara sus bienes y a quien el mismo supervisaba, hasta que uno de ello, Pedro, fraile y arzobispo, se encargó de las cuentas.

 Sus hijos e hijas gozaron todos de envidiable posición. La mayor, Ana de nombre como ella, casó con el duque de Medina Sidonia y hoy el muy mentado palacio de Doñana se llama así por ella. 

Ruy, Rodrigo heredó el ducado de Pastrana y Diego alcanzó a ser, amén de duque de Francavilla, virrey de Portugal.

 La princesa de Éboli sigue siendo hoy un personaje tan atrayente como controvertido y es objeto de atenciones literarias y cinematográficas. 

El libro sobre ella de quien es hoy la cabeza de la casa Mendoza, la escritora Almudena de Arteaga fue un gran éxito de ventas y la película de Antonio del Real, La conjura del Escorial, en la que, confieso, tengo un humildísimo cameo, es uno de los filmes históricos más dignos y lucidos de la en esto muy ayuna filmografía española. Hay incluso una película de Hollywood que «se supone» está basada en su vida. 

 Por mi cercanía a esa tierra y por mi propio nombre y apellido, aunque nada tengo que ver con el felón huido, Antonio Pérez, no puedo sustraerme de su influjo, ni quiero. No negaré sus pecados ni tampoco su genio, que no debió ser muy suave, pero me quedo con el embrujo que se desprende no sé si de su persona o de su mito. Y no creo que lo suyo fuera traición tan grave al rey Felipe como para mantenerla hasta su muerte encerrada. En lo suyo había, me barrunto, otra cosa que nada tenía que ver con la justicia.

Y, por cierto, el palacio, restaurado y acondicionado para ser utilizado para múltiples actividades, incluidas la de hospedería, lleva lustros muerto de risa por peleas administrativas. Se ha anunciado recientemente, otra vez y van cinco, que ahora al fin se remozará definitivamente y se pondrá en funcionamiento. Espero que me dé el tiempo para pasar una noche en la habitación que lleva el nombre de Antonio Pérez y yo no sé cuantos decenios esperando poder dormir en ella.