La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Brillo

11/08/2020

A los duros de Franco se unieron un día los duros del rey. En los duros, Franco aparecía congelado en los cincuenta y muchos años, grueso, con entradas pronunciadas y bigote. La imagen del dictador no envejecía en esas monedas, a pesar de que en las de peseta cada vez era más anciano y delgadito. Supongo que dejaron de acuñar los duros en fecha temprana y que los existentes eran de buena calidad, por eso los duros de Franco estaban muy gastados y tenían una pátina que parecía hecha de cera y sudor a partes iguales, no del todo inodora, y ligeramente grasa. Esa pátina también se extendía al resto de monedas. El señor Fernando, que atendía una tienda indefinible en el pueblo al lado de la iglesia, tenía la costumbre de sobar las monedas de diez céntimos de peseta, cuando daba las vueltas de la compra de media libra de clavos o de dos metros de tergal, para asegurarse de que no se le pegaban dos moneditas por ese efecto adhesivo de la película de uso que las cubría.
En parte por todo eso, celebramos la llegada de los nuevos duros con la efigie del rey. Juan Carlos I era guapo, joven y refulgente. Sus monedas tenían un relieve tan marcado que se distinguían con facilidad al meter la mano en el bolsillo porque raspaban. El día que cayó en mis manos el primer duro del rey no paré de jugar con él. Lo miraba y remiraba embelesado, y lo lanzaba al aire, bien arriba, para cogerlo al vuelo. A fuerza de errores en la recepción, la moneda cayó innumerables veces sobre la acera de cemento. Cada golpe en el suelo era un picotazo en el metal, hasta que el duro quedó totalmente erosionado, pero aún brillante.
Durante años, las monedas de Franco y de Juan Carlos I convivieron y, poco a poco, se fueron igualando a fuerza de cohabitar. En el mercado no se diferenciaban: se compraban las mismas morcillas, bragas o tebeos con ellos. Así se olvidó la novedad, se perdió el fulgor del año 81, cuando el golpe de Estado, y se normalizó la anomalía de la duplicidad de las monedas. Luego desaparecieron las del dictador y el rey empezó a envejecer en las acuñaciones. Un poco más viejo, menos pelo, algo más relleno. Con la llegada del euro, guardé un puñado de monedas del rey en un estuche de gafas, todas ellas relucientes, pensando que serían valiosas en el futuro, que podrían servir como arras de boda o herencia de nietos. Ayer fui a echarlas un vistazo, abrí el estuche y vi que no brillaban tanto como yo recordaba. Debe ser culpa del paso del tiempo, que todo lo corrompe.