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«Sufrimos cuando ves enfermos de sida que no salen adelante»

M.G
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Sor Dolores, de 91 años, y Sor Rufina, de 83 años, recuerdan sus más de 12 años acompañando a los usuarios de 'Hogar 2.000'. Han estado a su lado sin más, escuchando, hablando y consolando porque «todos ellos lo necesitan mucho»

«Sufrimos cuando ves enfermos de sida que no salen adelante»

Con las maletas sin deshacer y hasta arriba de recuerdos. Sor Dolores y Sor Rufina llevan menos de una semana en Madrid intentando adaptarse a la nueva situación y con ganas de ayudar. Estas dos religiosas incansables a pesar de su edad, 91 años la primera y 83 la segunda, descansan de vez en cuando sus huesos quejumbrosos porque lo obliga la vejez, pero ninguna está dispuesta a jubilarse del todo mientras puedan seguir ayudando a los demás. Es lo que hacían desde hace más de doce años en el Hogar 2.000 de Cáritas, reservado a enfermos de sida, y el cambio de planes de un día para otro les cuesta asimilarlo porque en Toledo se encontraban como en casa, sobre todo Sor Rufina, que nació allí. «Ahora me preparo para morir, con alegría», suelta de pronto sin más, aunque tenga carrete y vitalidad para años.

Las dos llevan un rato sentadas al sol en un banco compartiendo charla de amigas y contándose si hay o no novedades. Viven en dos inmuebles distintos de la Casa Provincial de la Congregación en Madrid, pero contiguos. Ambas creen que ahora toca ayudar a las religiosas impedidas «que van en carrito»  a llevar el día a día, aunque todavía nos les han encomendado nada. «Yo mucho no puedo hacer con 91 años, pero seguiré ayudando en lo que pueda», apunta jovial Sor Dolores, con muchos recuerdos que se agolpan junto a los enfermos de sida.

Se trasladaba junto a Sor Rufina todos los días a las instalaciones de Cáritas, desde que un día la exdirectora de la entidad en Toledo e impulsora de Hogar 2000, Marisa Martínez, acudió al albergue y propuso que dos religiosas fueran con frecuencia a visitar a los enfermos. Desde entonces pasaban las mañanas y algunas tardes escuchando, consolando, colaborando y rezando por y con los enfermos.

«Sufrimos cuando ves enfermos de sida que no salen adelante»«Sufrimos cuando ves enfermos de sida que no salen adelante»«Les dábamos mucho cariño porque lo necesitan», explica Sor Dolores. «Con cariño se abren todos y te cuentan lo que les ha pasado y cómo se sienten». Lo mismo opina Sor Rufina, que sigue sin entender que la familia no vaya a visitarles en muchos casos cuando «están hechos polvo».

inicios. A Sor Rufina le impresionó mucho el primer día en el Hogar 2.000. Se encontró con enfermos en los huesos y«desechos». La imagen le impactó a pesar de estar acostumbrada a estar en hospitales y residencias durante años. Ha sido testigo de la evolución del Hogar 2000  desde sus inicios y apunta que ahora está más profesionalizado y dispone de más recursos, «aunque nunca les ha faltado comida», reconoce poco antes de contar que los enfermos alojados le han enseñado «paciencia», sobre todo, y capacidad de escucha.

La entrada de las religiosas hace más de 12 años no fue sencilla los primeros días. «Nos miraban, pero no decían nada, incluso se acercaban a la misa y se quedaban sentados en los bancos callados». No son hombres y mujeres con mucha fe, salvo excepciones, pero su actitud cambiaba con rapidez.

«Se sufre mucho cuando ves que muchos no salen adelante y se van muriendo», comenta sor Dolores por encima. Poco después, recuerda a Jesús Pablo, uno de los usuarios de Hogar 2.000. «Era un trapito, pero con los tratamientos y demás está hecho un hombretón».

Ocupar el tiempo es fundamental para los enfermos de sida y ahí las religiosas también echaban una mano al resto de personal. Algunas veces, incluso, dormían allí y las recogían al día siguiente, según fueran yendo las cosas.

Sor Rufina sonríe cuando se acuerda de aquella vez que los usuarios casi se pelean por participar poniendo el belén «y colocaron algunas figuras al revés». Lo importante era estar activo y llevar una vida lo más normalizada posible aunque la mayoría no pueda por los estragos de la enfermedad y los problemas añadidos de las drogas.

Las dos saben guardar silencio porque lo han hecho demasiadas veces en los últimos años. Si las dos Hijas de la Caridad estaban ahí era suficiente. Lo de hablar exigía tiempo y ganas, según el día y cómo se encontraran de salud. A ambas se les nota la morriña de dejar atrás algo tan reconfortante, pero tocaba jubilarse.

«Nosotras no tomamos la decisión, queríamos seguir allí en Toledo porque estábamos muy contentas con ellos, pero hay que obedecer y nos dijeron en la congregación que éramos muy mayores». Así que hicieron las maletas y se marcharon con «una emotiva despedida» el 5 de septiembre que también se llevan de recuerdo. Están a punto de deshacer las maletas en Madrid,  pero siempre llevarán guardado en el mejor bolsillo el día a día en el ‘Hogar 2000’.