La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Chave

06/04/2020

Hay palabras que se pasan de moda o que pierden su significado original por la erosión del tiempo. Pundonor, furia, nobleza, señorío, han quedado arrumbadas en el desván donde dormitan esquijama o talabartero. Lealtad podría ser otra de ellas. Todas estas palabras se agolpaban en la prensa deportiva cuando Goyo Benito jugaba al fútbol en el Real Madrid. Eran tres hermanos: Jaime, Gregorio y Pedro. Los tres eran ‘chaves’, porque alguien sin mote en un pueblo sencillamente no existe.  Jaime era Jaime, Gregorio era Goyo o Benito a secas, y Pedro era Pedrito. Jaime era el padre de Jaimito, que iba a la escuela conmigo y que siempre tenía insignias relucientes del Real Madrid y presumía de tío. A Pedrito Chave lo veía jugar cada dos domingos en el campo del Puenteño F.C., las piernas de alambre, y todo el mundo decía «ese tan flaco es el hermano de Hacha Brava». El tercer hermano, el famoso, era una nebulosa lejana, un cromo en un fajo atado con goma donde compartía cartón con Gárate, Cruyff o Biri Biri.
En El Puente del Arzobispo hay una concentración anómala de atléticos y mi padre y mi hermano se reunían con ellos en el Bar del Peco. Tal vez por eso, las insignias de Jaimito Chave no me impresionaban tanto como podría suponerse y a Benito le prestaba poca atención. Sin embargo, su figura se fue haciendo más grande con los años, más presente cuando desapareció de los noticiarios y cuando las alabanzas a su posición en el campo fueron acallándose. Tras su retirada, el hombre comenzó una transformación en leyenda. Primero fueron los rumores acerca de que el exjugador iba a abrir un pub en el cruce, junto a la gasolinera, que ya tenía el terreno. El mito del pub se prolongó décadas, como un eco constante del negocio que parecía funcionar bien en Madrid. Los puenteños volvían de sus excursiones a la capital presumiendo de los güisquis a que habían sido invitados por el dueño y paisano en su local, y reavivaban la esperanza del pub (fuera eso lo que fuere) en el cruce, más o menos por donde el cuartel de la Guardia Civil. Después llegaron los reconocimientos, la dedicatoria de la calle en la que vivían sus padres o el gran letrero de cerámica que da nombre al polideportivo municipal. Goyo Benito no fue el mejor jugador, pero estaba compuesto de un montón de palabras ya pasadas de moda, como fuerza y determinación, y de la filosofía práctica que te permite saber para qué has venido a este mundo, cuál es tu función. Todo eso hace que, aún hoy, cuando viajo y digo que soy de El Puente del Arzobispo, en no pocas ocasiones me respondan: ¡Anda, el pueblo de Gregorio Benito! Serás madridista, ¿no?