NUEVO SURCO

Javier López


De banderas, memorias y pandemias

23/09/2020

Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso han llenado de banderas el escenario del kilómetro cero para escenificar un gran pacto de no agresión, como los dignatarios de dos países en guerra que firman un alto el fuego si quiera provisional. Con razón ha sonado el grito de «menos banderas y más enfermeras». Es de sentido común, lo que está viviendo España, y Madrid especialmente, en este aciago inicio de otoño es el mayor rebrote europeo del Covid que amenaza ya con dejar un nuevo rastro de dolor en este desgraciado año de 2020. Los daños económicos se dan por supuesto.
Porque el dolor más actual hoy es el de las víctimas de la pandemia. Conviene no perderse demasiado en  memorias pasadas que siempre son complejas, poliédricas, conflictivas, añejas. El dolor contante y sonante, objetivable y cuantificable es el de los  que han perdido su trabajo, el de los que no saben cómo levantarán su negocio hecho trizas, el de los que no pueden ir  a visitar al padre o la madre confinado en una residencia, el de los que han perdido a un ser querido al que el maldito virus se ha  llevado en un abrir y cerrar de ojos. Lo demás son agendas políticas, más o menos respetables, pero que no son, porque no lo pueden ser en una situación tan brutal como la que estamos viviendo, la prioridad del momento. Cuando el mundo mira perplejo a España por tener los peores datos sanitarios y económicos derivados de la pandemia no parece muy adecuado perdernos en las telarañas de la guerra civil o el franquismo, surrealista sería hacerlo en medio de un presente tan pantanoso.
Dicen los viejos que en este país hubo una guerra, demasiado vieja ya, que, sin embargo, sigue poniendo plomo en nuestras alas y sigue siendo objeto de zarandeo parlamentario. Pensaba que tras más de cuarenta años de democracia lo único prioritario sería asumir que los que murieron en aquella barbarie, todos, con independencia del bando en el que lucharon, lo hicieron por España, por una idea de España. No fue aquella barbarie una guerra de patriotas contra antipatriotas. No fue un conflicto de España contra la AntiEspaña. Los únicos antiespañoles fueron, como siempre, los independentistas y, como siempre, su actitud y su posicionamiento en aquel entonces fue tan confuso como ambivalente. Nada ha cambiado por ahora en ese terreno
Pero hubo dolor, mucho dolor en ambas partes, mucho asesinato sin sentido, mucha tortura cruel, en ambos bandos, en todos los pueblos, en todas las latitudes. La memoria es siempre compleja, y con decenas de miles de muertos en los últimos meses, con tanto dolor actual, presente y latiente, no pasa de ser un brindis a un sol que no calienta, sino que divide,  reabrir las fosas de la memoria, que siempre será selectiva, parcial. La historia para los historiadores, la memoria para cada uno, y para las familias, pero conseguir una memoria conforme al gusto de todos es tarea compleja si se quiere ser respetuoso con el dolor de todos, en todas las latitudes ideológicas. La memoria es personal, como mucho familiar, convertirla en una bandera política ahora es reabrir una pandemia de odios que no nos podemos permitir hoy. Sería una frivolidad más en un país que parece haberse abonado a ello.
El dolor que nos une a todos hoy es el de las víctimas del Covid-19. Muchos fueron los que vivieron esa guerra, de niños, combatientes apenas quedan ya. Lo vivieron y lo recordaron durante toda su vida, la recordaron posiblemente también en la soledad de un hospital, rodeados de personal sanitario enfundado en su EPI, sin poder coger la mano de su familiares, y en sus últimos momentos pasaría por su memoria, como una película veloz, aquella cruel guerra, aquellos recuerdos de la infancia que muchas de las víctimas del Covid se han llevado, cicatrices de la historia de España que hay que respetar y cuidar pero sin reabrir  heridas con una operación política de lo  más  inoportuna.
 Toda la energía política del momento debe volcarse en combatir una segunda oleada del virus que amenaza con ponernos en jaque mate como país. Madrid está en el disparadero, en el ojo del huracán, en las miradas de todo el mundo.  Ha fallado todo, no se han hecho los deberes, la atención primaria está colapsada, el número de rastreadores son una broma para una densidad de población tan grande. Pero Madrid no es Ayuso ni Sánchez, es la capital de España, el motor del país que está registrando un rebrote sin precedentes que se puede extender a otras zonas. No hay tiempo para otra guerra que esta, ni otra bandera que la de la eficacia y la agilidad en los movimientos.