El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Galdós y Toledo

23/09/2020

Uno de los muchos daños colaterales de la pandemia ha sido el que pasara totalmente desapercibido un acontecimiento importante para la cultura española, el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós. Una conmemoración que para Toledo debía haber tenido unos acentos especiales, dada la vinculación del escritor con nuestra ciudad.
Galdós, como otros muchos artistas, era un gran enamorado de Toledo, cuya geografía llegó a conocer con gran precisión. Las calles, el interior de los patios en los que se colaba si encontraba la puerta abierta, los conventos y monasterios, las naves de la catedral primada, los cigarrales con sus cigarraleros…todo ello fue no sólo objeto de admiración, sino que se convirtió en escenario de algunas de sus obras. Galdós pudo conocer íntimamente la vida lánguida de aquella ciudad provinciana finisecular de la mano de toledanos con quienes desarrolló una profunda amistad, como el pintor Ricardo Arredondo, el escritor Francisco Navarro Ledesma o el deán de la catedral, Wenceslao Sangüesa. A pesar de su conocido anticlericalismo, el Galdós más espiritual encontraba solaz en la visita a las clausuras toledanas, desarrollándose en una de estas, el convento de las jerónimas de San Pablo, la anécdota de la ‘travesura’ que solía perpetrar con la espada con la que, según la tradición, decapitaron a San Pablo, que el escritor pedía a las monjas y empleaba para sacar punta a su lapicero, aprovechando algún descuido. De la mano de Mariano, el campanero de la catedral, exploró las Claverías, toda una ciudad aislada en el interior de la catedral, donde vivían hasta hace pocos años –aún lo recuerdo de adolescente- los servidores de la catedral y algunos canónigos, que Blasco Ibáñez tan bien supo retratar; Mariano inició a Galdós en el vasto mundo que se extiende sobre las bóvedas de la primada, como recordaría posteriormente Gregorio Marañón.
Aquella ciudad de clérigos, militares, mendigos y azacanes fue magistralmente descrita en una de las mejores novelas que salieron de la pluma del escritor canario, Ángel Guerra. Estoy disfrutando de su lectura, en la edición que en 2016 publicó El Perro Malo, con un magnífico prólogo de Enrique Sánchez Lubián y una estupenda selección de fotografías que nos evocan visualmente aquel Toledo decadente, pero tremendamente inspirador. Sus páginas nos introducen magistralmente en la vida, aparentemente somnolienta, de sus gentes, desde los canónigos de la primada, llenos de nostalgia por la grandeza perdida, a los arrieros y truhanes que hacían  alto en las posadas, pasando por una burguesía provinciana que quería emular lo mejor posible a la madrileña o las religiosas que llenaban las clausuras de salmos y olor a canela.
Una obra imprescindible para quien quiera asomarse a aquel Toledo empobrecido, pero siempre fascinante, que podemos recorrer con asombro, perplejidad o simpatía, pero en el que sabremos reconocernos.
Leer Ángel Guerra será, sin duda, la mejor forma de honrar a este genio. Como recuerda su olvidada placa, Numen inest.