Editorial

El inadmisible pulso de los CDR y Tsunami Democràtic al Estado

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«Independencia o barbarie». Éste es uno de los muchos llamamientos que los violentos independentistas hacen cada día a sus incondicionales para tomar las calles, incendiar barricadas, cortar pasos fronterizos, paralizar aeropuertos o dejar en jaque a una ciudad cosmopolita y turística como Barcelona. Aunque la primera impresión lleve a pensar a que estos individuos actúen de forma esporádica, descoordinada y sin sentido por el mero hecho de aparentar una protesta espontánea por una respuesta determinada, todos los actos, cómo ya han demostrado más de una vez los responsables policiales, responden a una estratégica medida, coordinada y en cierta manera consentida por los dirigentes catalanes. 
Algunos investigadores han vinculado cada una de estas acciones con el Arte de la guerra, de Sun Tzu, y a una táctica sugerida por excargos de la Generalitat del término noviolencia seguida por los que a diario están poniendo en jaque a los cuerpos y fuerzas de seguridad. Las tímidas protestas del presidente Torra no permiten garantizar hoy por hoy la seguridad en el territorio catalán. Incluso el Govern justifica de alguna manera los actos ocurridos estos días en la frontera con Francia con el derecho a la movilización y a la participación ciudadana. 
El propósito de los vándalos, auspiciados por aquellos que insisten en la independencia por cualquier vía, bien sea a través de una consulta o a la permanente violencia callejera y desorden público, es obligar a las instituciones, especialmente a las españolas, a retomar las negociaciones para la desconexión. Para ello, una y otra vez, intensifican las acciones con el objetivo de ocasionar los mayores perjuicios económicos con una violencia de baja intensidad pero duradera en el tiempo. De esta manera, pueden vender estos actos como protestas o manifestaciones y marchas pacifistas cuando en realidad es terrorismo callejero.
Mientras que el resto del Estado español asiste atónita a las imágenes cada vez más frecuentes de infraestructuras y comunicaciones tomadas por los vándalos, los responsables catalanes mantienen un pulso falso para no dar la sensación de caos y falta de seguridad. Sin embargo, en algunos sitios resulta insostenible esta permanente provocación que hasta el momento no ha producido ningún suceso de extrema gravedad. Aquellos que de alguna manera amparan o consiente esta situación, son ahora los que tienen parte de la llave de la gobernabilidad del país y son los que continuamente hacen llamamientos a un diálogo que es inadmisible si se sigue cercenando derechos a una inmensa mayoría de ciudadanos que desean salir de este laberinto secesionista que se aventura largo y de complejidad solución.