Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


Lavarse las manos

16/07/2020

Coloquialmente con esta expresión damos a entender que alguien trata de rehuir cualquier responsabilidad sobre algún comprometido asunto que le atañe, de desentenderse de las previsibles consecuencias o de ignorar la infausta actuación de otros. Como hizo Poncio Pilatos, según nos narran los evangelios, para simbólicamente indicar que no quería ser parte de la decisión de la muchedumbre que había elegido liberar a Barrabás y crucificar a Jesús.
Parece ser que tiene que ver con nuestra naturaleza humana, puesto que estudios recientes de neurociencia cognitiva muestran que el ademán de lavarse las manos ayuda tanto al aseo físico como a la limpieza moral. Con ese higiénico gesto eliminamos las dudas sobre las decisiones que acabamos de tomar y dejamos de justificarnos. Es como empezar de cero. Nos libera de la responsabilidad y de tener que buscar explicaciones para razonar nuestra decisión.
Por proponer lavarse las manos, como práctica rutinaria previa al examen de los pacientes hospitalizados, Semmelweis, que trabajaba como médico obstetra en la Viena de la década de 1840, fue objeto de controversia y crítica entre sus colegas que no comprendían tal novedad profiláctica. Por aquel entonces, no se había inventado la anestesia, se desconocía la existencia de los microorganismos y los fundamentos de la desinfección. Los hospitales de la época eran conocidos como “casas de la muerte”, ya que un gran número de pacientes moría debido a infecciones por falta de higiene. Semmelweiss descubrió, aplicando el método científico, la eficacia de esta simple medida para disminuir las muertes por fiebre puerperal en su clínica de maternidad. Formulaba hipótesis que contrastaba a través de hechos fácilmente observables o de relaciones corroboradas por la experiencia. Así, descartó que la enfermedad se debiera a cambios atmosféricos telúricos que propiciaban ondas epidémicas porque las mujeres que no daban a luz en el hospital morían en menor proporción. Tampoco se sostenía  que la campanilla del acólito del sacerdote que portaba la extremaunción a una moribunda produjera efecto terrorífico y debilitante en las demás pacientes, puesto que al suprimir el sonido la mortalidad no descendió. Sí logró confirmar que los restos de suciedad en las manos de los médicos tras las autopsias portaban algo que envenenaba la sangre, puesto que no fallecían tanto las pacientes de las comadronas quienes no hacían prácticas anatómicas.
Sus conclusiones no tuvieron mucha repercusión y se aceptaron con lentitud. Sin embargo, desde 2013, la colección de documentos, donde recogió sus trabajos para llegar a descubrir cuál era la causa de la fiebre puerperal y que esta podía prevenirse si se lavaban bien las manos quienes asistían a las parturientas, forman parte del patrimonio documental de la Memoria del Mundo de la UNESCO.
Hoy, dadas las circunstancias, además de no olvidar nuestra mascarilla deberíamos lavarnos las manos con jabón tantas veces como se pueda. Afortunadamente, en nuestra época nadie objeta que es una medida preventiva tan básica como eficaz para romper la transmisión del virus.



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