El burdel de Yepes donde Nieves Conde enterró su carrera

Adolfo de Mingo
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El director de Surcos (1951) ambientó en el pueblo toledano Las señoritas de mala compañía, cosechando algunas de sus peores críticas. Concha Velasco, Esperanza Roy y otras conocidas actrices recorrieron espacios como la calle Toledo y la plaza mayor

El burdel de Yepes donde Nieves Conde enterró su carrera

Estas últimas semanas han servido para recordar antiguas declaraciones de Concha Velasco, pronunciadas ante el periodista Jesús Hermida en el programa Su Turno (TVE, 1982), en donde la actriz vallisoletana relataba sus experiencias con las escenas de desnudos y reconocía hasta qué punto podían condicionar la carrera de las jóvenes intérpretes algunos años atrás: «Es cierto: hay actrices, sobre todo las que empiezan, que no pueden hacer otra cosa. Si no se desnudan, no ya en el plató, en la oficina del jefe de producción, no hacen la película».
Concha Velasco protagonizó su primer desnudo en Yo soy fulana de tal (1975), de Pedro Lazaga, en la que interpretaba a una prostituta que -mitad comedia costumbrista, mitad denuncia social- narraba sus vivencias. No fue la única vez que encarnó este tipo de papel. Lo había hecho anteriormente en Préstame 15 días (Fernando Merino, 1971) y en Las señoritas de mala compañía (José Antonio Nieves Conde, 1973), cuyos exteriores fueron filmados en Yepes.
El acceso al pueblo por la carretera de Ocaña y sus alrededores, vistos desde la vecina Huerta de Valdecarábanos; el interior de las puertas medievales del Carmen y San Miguel; las calles Toledo, Calvo Sotelo, Rollo, Mártires y Ancha; la plaza mayor (con su acera de oficinas públicas de finales del siglo XVIII, más conocida como ‘Los Soportales’), el Ayuntamiento (con su vieja semblanza) y la Colegiata, además de establecimientos como ‘La Sociedad’, permitieron recrear el imaginario municipio de Aranda de Lerma, un pequeño pueblo segoviano durante la década de los cincuenta.
Hasta allí llega la joven Charo (María Luisa San José) para trabajar como pupila en el burdel de doña Sole (Isabel Garcés), establecimiento que es tan frecuentado por los hombres del lugar como criticado por sus esposas. Al frente de ellas está la rica y poderosa doña Íñiga (Milagros Leal), una viuda cuyo hijo, Joaquín (José Luis López Vázquez), es otro de los incondicionales del prostíbulo. Cuando peor están las cosas para las meretrices -interpretadas por actrices tan conocidas como Esperanza Roy (Lola) y la también presentadora y locutora Marisa Medina (Eloísa), además de Concha Velasco (Dominga)-, estas ganan un primer premio de la Lotería Nacional y los maridos se ven en el brete de renunciar a cobrar sus sustanciosas participaciones o reconocer sus constantes visitas al burdel, circunstancia semejante al guion de la reciente Villaviciosa de al lado (Nacho G. Velilla, 2016). El crítico José Luis Guarner consideraba por su parte en la revista Por Favor (1974) que la película de José Antonio Nieves Conde era «casi tan antigua como Las siete cucas, novela de tema similar escrita por Eugenio Noel en 1927, y mucho menos original».
Las señoritas de mala compañía parte de un texto de Antonio Fos y del recientemente fallecido Juan José Alonso Millán (1936-2019), responsable de algunos de los mayores éxitos comerciales del cine español a partir de los años sesenta, desde No desearás al vecino del quinto (Tito Fernández, 1970) -uno de nuestros mayores taquillazos, también filmada en Toledo- hasta varias de las populares farsas históricas de comienzos de los ochenta, como Cristóbal Colón, de oficio... descubridor (Mariano Ozores, 1982), Juana la Loca... de vez en cuando (José Ramón Larraz, 1983) o El Cid Cabreador (Angelino Fons, 1983).
La vida cotidiana en el interior del burdel, renunciando a planteamientos sórdidos o morbosos para conseguir esquivar a la censura, era un tema recurrente dentro del cine tardofranquista. La película recoge las vivencias de las prostitutas sin la más mínima denuncia social -Charo se ve obligada a ejercer para mantener a su hija y Eloísa es engañada y abandonada por su chulo Fermín (Rafael Hernández), mientras se detalla sin ambages el pago de los servicios en patatas y café por parte de los estraperlistas don Ildefonso (Juanito Navarro) y don Niceto (José Sazatornil)-, desgranando una serie de escenas costumbristas en las que se manifiestan los vicios de cada cliente en forma de parodia. La película se mofa de fetichismos como el de don Joaquín, que se disfraza de bebé para acostarse con Lola, o del joven opositor a Hacienda Luisito (Emilio Gutiérrez Caba), que por ser virgen recita a Charo versos de Zorrilla. «Con perdón». Se trata de lugares comunes de películas como Yo soy fulana de tal o El chulo (1974), también dirigida por Pedro Lazaga y a la que ya dedicamos espacio en estas mismas páginas.
Las señoritas de mala compañía, en realidad, convierte al burdel en la misma razón de ser del municipio, apuntalando abiertamente la práctica la prostitución como mal menor para garantizar el bien social, idea expresada a través del único personaje de todo el pueblo, el párroco (Ismael Merlo), capaz de sostener un discurso semejante para la moralidad de la época. El sacerdote llega a enfrentarse a las beatas que pretenden expulsar a las prostitutas del pueblo -«No hagan ustedes de la moral cristiana un arma y pongan los medios para evitar este mal. Jesucristo, con María Magdalena, nos dio un ejemplo de caridad. Lo que ustedes pretenden no es de buen católico»- y desde el altar las ampara confundiendo caridad con justicia social: «Yo espero y deseo que este regalo que nos envía el cielo [el premio de la Lotería] sirva no solo para mejorar Aranda de Lerma, sino también para que algunas ovejas vuelvan al buen camino y para que las otras personas descubran el significado de la palabra caridad, y que sepan que ese pecado casi siempre tiene causas sociales. La miseria y el hambre son los puntos de arranque. Se obraría mejor, en lugar de criticar, tratar de suprimir las causas. Hay veces que la tolerancia legal hay que entenderla como un mal menor, con tal que con ello no se aumenten los pecados».
Esta idea de la prostitución como elemento «de absoluta normalidad cultural» ha sido expresada por Miguel Ángel Huerta Floriano (Universidad Pontificia de Salamanca) hace escasos años en El cine de barrio tardofranquista (Biblioteca Nueva, 2013): «La notoria estructura circular de un filme que arranca y culmina con la llegada y partida de un autocar en el que viaja Charo apunta en la dirección de un inmovilismo que la película está lejos de criticar. La identidad de la villa está ligada a la existencia del burdel, de ahí que cuando reabren la casa uno de los paisanos grite: ‘¡Por fin este pueblo volverá a ser lo que fue!’».
Subraya repetidamente esta idea el tema musical de la película, obra del compositor de temas de revista Gregorio García Segura -creador del conocido Gracias por venir (1975), que popularizó Lina Morgan-, cuya letra pinta a las mujeres como seres astutos y codiciosos, siempre dispuestos a desvalijar al ingenuo cliente: «La vida me enseñó, / con gran satisfacción, / lo que puedo yo sentir / en esta profesión. / Un truco muy vulgar, / tan viejo en la mujer, / que aprendemos al nacer / a vivir de los demás. / No basta solo afición / y sentir la profesión, / es necesaria vocación / para engañar al señor». En la misma línea iba uno de los carteles del film, en donde a Las señoritas de mala compañía seguía el subtítulo: «en el pueblo les dan un nombre mucho más corto».
No corren mejor suerte en su consideración los homosexuales -el mancebo del burdel, Eloy, es interpretado por un amanerado Manolo Gómez Bur- e incluso los paralíticos, como doña Sole, a la que se refiere así su enemiga doña Íñiga: «El que esa mujer no ande como una persona de derechas es la única alegría que me ha dado esta vida».
Filmada a comienzos de 1973, a caballo entre Yepes y «un caserón de la calle Miguel Ángel de Madrid», según informaba El Alcázar en un amplio reportaje gráfico que no dudaba en destacar la anatomía de las protagonistas, Las señoritas de mala compañía no ha sido precisamente mal recordada por Concha Velasco, que en una entrevista concedida al Diario de Córdoba ponía como buen ejemplo de cine comercial: «Me gusta y yo estoy estupenda. Con Nieves Conde, qué mal genio tenía».
Ha llegado el momento de hablar del director, el segoviano José Antonio Nieves Conde (1915-2006), autor de varias películas esenciales para la historia del cine español, como Surcos (1951) -alabada en El Alcázar en 1973 como «una película que en su tiempo pudo ser modelo a seguir para intentar un cine social, del que estábamos y estamos huérfanos», en palabras del periodista Juan José Blanco-, Los peces rojos (1955) y El inquilino (1957).
En ellas abordaba asuntos como el éxodo rural, el estraperlo o los desahucios, que llegaron a ocasionarle graves problemas con la censura pese a gozar de estima por parte de la crítica (por Surcos obtuvo un segundo Premio Nacional del Sindicato del Espectáculo y el primer premio del Círculo de Escritores Cinematográficos). Sin embargo, pronto pasó de emular al neorrealismo italiano a seguir una línea más popular, de la que Las señoritas de mala compañía es un buen ejemplo.
Lo mismo podría decirse de sus tres últimas películas, cuyo mayor erotismo era sinónimo de la época: La revolución matrimonial (1975), Volvoreta (1976) y Más allá del deseo (1976). La crítica se lo recordaría hasta el último momento, lo que no impidió recordar al Nieves Conde de los primeros años con una Espiga de oro y una Medalla del Centenario a mediados de los noventa.