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Miguel Ángel Sánchez

Querencias

Miguel Ángel Sánchez


Reflejos

18/03/2022

Hago fotografías a los cristales y el espejo me devuelve el arco y las flechas de Bruno Munari, un violín de prestidigitador. Algún día observaré esta fotografía y me acordaré de este día y de este tiempo. Dentro, en la Juan March, las estructuras de hilo y acero se mueven con el viento extraño de los lugares cerrados, las corrientes de aire que mezclan los calores y colores de la sala de exposiciones, de los cuadros acuartelados, de los libros para niños, el único tiempo donde todo es posible. Y las maquetas de colores. El viento domesticado mueve los ingenios anclados al techo. En la calle, el cielo es el de marzo en Madrid, un cielo hecho como a brochazos de grises de nubes que se afanan por tapar el azul perfecto que han arrastrado los vientos del norte. Esta noche lloverá, pero todavía no, sólo presiento la primera humedad, ahora las calles están puestas para recorrerlas y sentirlas, paso tras paso.
Hay una guerra. Muy lejos esta tarde. Pienso en qué sería de nosotros con una guerra aquí y ahora. Siempre estaré con el débil, con el agredido, con el que se defiende. Me dan igual las cuestiones geoestratégicas, los orígenes y las profundidades. Todo son reflejos, pero todo es rotundo, como los maquinarios de Munari. Lo vital es la muerte, el sufrimiento, el dolor. La fuerza nunca podrá con la razón. Siempre sobrevivirá. Voy a seguir leyendo a los rusos, me compro un libro enorme de Alexandr Deineka, An Avangarde for the Proletariat, continuaré escuchando su música, y organizando los viajes siempre pendientes a San Petersburgo. Y voy a seguir siempre defendiendo a los agredidos y a los humillados.
Hay una guerra, antes hubo otras. Y vendrán más. Hay tiempos en los que vivimos en guerra continua, incluso con el aire que nos rodea. A veces todo se calma. Munari jugó con el espacio, con el movimiento, con la luz y con la gravedad. Un pez rojo que quiere ser lagartija para poder tomar el sol sobre una piedra. Un catálogo amarillo abierto de par en par. Cuadros azules, rojos, incandescentes. Al lado la fuente, las fotografías en blanco y negro. El viento vuela sobre esta tarde de Madrid y quiere dejar un rastro frío. Pero ya casi es primavera. Y los mirlos de anochecida lo saben, y cantan muy alto entre los setos de los jardines del barrio de Salamanca. Reflejos sobre los vidrios, interiores transparentes, espejos ya imposibles.