No, el quehacer artístico y monumental en la ciudad de Toledo no finalizó en el siglo XVII, como suelen reflejar las guías para turistas. Más allá de la pintura de El Greco y su escuela -pero antes de la llegada de Zuloaga y los maestros de la luz a comienzos del XX- perviven algunas de las últimas manifestaciones verdaderamente monumentales del Casco Histórico. El siglo XVIII trajo consigo, de la mano de Francesco Sabatini, Ventura Rodríguez e Ignacio Haan, edificios sin los cuales el Toledo contemporáneo perdería parte de su esencia. La Fábrica de Armas Blancas es sede hoy de uno de los campus universitarios más representativos de la región, cuyo vicerrectorado se encuentra a su vez en el Palacio Lorenzana, posiblemente el patio neoclásico más depurado de la arquitectura española; el Hospital del Nuncio acoge la Consejería de Economía y Hacienda; la Puerta Llana de la Catedral, a través de la cual transcurre la vida cotidiana del templo, concilió pasado y presente entre el gótico y el moderno neoclasicismo.
La lista de agradecimientos sería larga: urbanización del paseo de la Rosa y del Miradero, Maternidad, recuperación -tras más de medio siglo de abandono forzoso- del Alcázar como edificio representativo, exteriores del Palacio Arzobispal, decoración del Claustro de la Primada, fuentes y jardines...
La vinculación entre Lorenzana y Carlos III brindaría de nuevo cierto contacto con el centro de España. Toledo se convirtió, durante unas décadas, en el recuerdo vivo del pasado visigodo y el presente regalista, fiel a la Corona, acérrimo de los monarcas ilustrados en un panorama de tensas relaciones con Roma. Lo que Lorenzana planteó a través de cartas circulares, a instancias del Consejo de Castilla y del todopoderoso Conde de Floridablanca, quedó plasmado en el terreno del arte gracias a los artistas más importantes del momento. Además de los mejores arquitectos, en Toledo confluyeron Mariano Salvador Maella y Francisco Bayeu, Francisco de Goya y Mariano Salvatierra.
La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid -o, al menos, algunos de sus mejores profesores- intentaron experimentar en la vieja ciudad mudéjar y renacentista una nueva forma de percibir el pasado y vivir el tiempo presente. Toledo, ciudad-convento por excelencia a finales del Antiguo Régimen, sería también el campo de nuevas propuestas. La Guerra acabaría con todo unos años más tarde.