Historiadores, viajeros y toda suerte de especialistas no han escatimado adjetivos a la hora de definir la ciudad de Toledo durante los años finales del siglo XVIII. «Imperio eclesiástico» y «ciudad decadente» son algunos de los más habituales, cuando no los de «arruinada», «abundante en parásitos» o, sencillamente, «enferma». Toda suerte de paradojas parecían pesar sobre ese apretado caserío de apenas 17.000 vecinos que fueron testigos de la Guerra de la Independencia.
La pequeña y provinciana Toledo, muy lejos de la incipiente modernización que experimentaban otros puntos de España, se encontraba muy alejada de los modelos ilustrados. «A esta ciudad dan algunos el pomposo título de magnífica», expresó el viajero Eugenio Larruga, consciente o no de las diferencias que mediaban entre el avanzado marco cortesano de mediados del siglo XVI y la decadente ciudad-convento de finales del XVIII, en donde existía un eclesiástico por cada ocho seglares y la Iglesia era propietaria del setenta por ciento de las casas.
El cardenal Francisco Antonio de Lorenzana -quien no desatendió las necesidades de la diócesis pese a jugar un activo papel en la política madrileña- brindó a la ciudad de Toledo su canto del cisne, el último gran esplendor antiguo de su historia. La seria inflación que padeció el reinado de Carlos IV durante las dos décadas previas a la Guerra de la Independencia no fue inconveniente para que este testarudo prelado leonés -enfrentado en varias ocasiones al Consejo de Castilla y la Real Academia de San Fernandoinvirtiera en esta ciudad buena parte de su fortuna.
No resultó fácil hacerlo. El panorama que encontró Lorenzana a su llegada a la diócesis, en 1772, debía de ser ciertamente desalentador. «Acaso la mitad de Toledo está arruinada, siendo montones de ladrillos y tejas rotas lo que en otro tiempo eran casas», señaló el académico valenciano Antonio Ponz al contemplar el Casco Histórico desde la antigua senda del Valle. La situación no cambiaría con facilidad, pero al menos fueron llegando a la ciudad reformas como el primer servicio de alumbrado público, que comenzaría a funcionar el 24 de diciembre de 1783 y a comienzos del siglo XIX estaba ya totalmente consolidado.
Lorenzana contribuyó a dotar a la ciudad de accesos a la altura de los tiempos, como «el nuevo y delicioso paseo de la Vega» o el actual paseo de la Rosa, en donde fueron construidas la fuente de Cabrahígos y la fuente Nueva, que subsiste hoy en un estado lamentable.
El Toledo de la segunda mitad del siglo XVIII vería nacer la Fábrica de Armas a orillas del Tajo y también algunos edificios tan representativos como el Nuncio Nuevo y la Universidad. La vinculación del Cardenal Lorenzana con la política regia y los lazos con Toledo de los condes de Chinchón tenderían nuevos puentes hacia una ciudad que acababa de perder un cierto protagonismo tras la modificación del camino de Andalucía, desviado ahora por la ruta de Ocaña y Tembleque, cuyas deficientes fondas y posadas no pasaron inadvertidas a los viajeros que enfilaban la ruta del sur hacia Despeñaperros.
Uno de estos establecimientos, la conocida Posada de la Sangre, desaparecida con la voladura del Alcázar en 1936, recibía en Toledo la mayoría de las críticas. Para el italiano Joseph Baretti «difícilmente se consideraría adecuada para el más innoble de los mortales». Estos motivos llevarían al perspicaz Lorenzana a construir la Fonda del Cardenal, en donde pernoctaron visitantes tan ilustres como el Conde de Cabarrús, ministro de Carlos IV y José Bonaparte, uno de los afrancesados más insignes de la Guerra de la Independencia.
El recuerdo de Don Quijote en la Mancha toledana y el peligro de los bandoleros en la ruta de Oropesa, junto con la despoblación de los Montes de Toledo y feraces cultivos en los alrededores de Ocaña y las vegas de Aranjuez completaban el panorama de una provincia transitada y presente, aunque escasamente propensa a los cambios propuestos por los ilustrados.
En esta historia, Lorenzana sería un exponente más de la larga lista de contradicciones en que se encontraba sumido el Toledo anterior a la Guerra de la Independencia. El cosmopolita, culto y refinado arzobispo no pudo morir en su diócesis por tener que exiliarse en Roma debido a las presiones políticas de Manuel Godoy, ministro plenipotenciario de Carlos IV. El cardenal falleció en la Ciudad Eterna en 1804, cuatro años antes de asistir a la barbarie de una guerra que decapitó el canto del cisne que él mismo había creado.
EL TOLEDO DEL SIGLO XVIII EN LOS LIBROS DE VIAJES
«¿Quién duda que la falta de árboles [en el camino de Madrid a Toledo] da un aspecto hórrido a los campos, y en la imaginación de los pasajeros imprime ideas áridas y destierra el deleite?».
La ciudad que conoció Antonio Ponz, el viajero más célebre del siglo XVIII, fue la misma que visitaron militares, espías, botánicos, precoces amantes del Quijote y una larga lista de viajeros entre los que se encontraban el libertino Giacomo Casanova y el novelista romántico William Beckford. Toledo, recientemente apartada de las principales vías de comunicación hacia el sur, podía ofrecer a los ilustrados jugosas reflexiones acerca del pasado de España, el valor de las ruinas, el poder de la Iglesia o el alcance de las primitivas industrias. Más o menos tópicas o bien fundamentadas, sus opiniones -a veces muy críticas- permiten reconstruir un Toledo tan diferente como auténtico.