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martes, 21 de octubre de 2014
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Crónicas Urbanas

De madera

latribunadetoledo.es - miércoles, 07 de agosto de 2013

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Fernando Pinilla Infiesta

Don Luis me dice que no fabrica para otras tiendas porque no le compensa, que se entiende mejor directamente con el público. Hago lo que me piden, dice, atendemos cualquier encargo, lo poco y lo mucho. Y a juzgar por las piezas que veo, dejadas en desorden más que expuestas, no cabe dudar de que sea verdad.
Hace más de cien años que su abuelo abrió la carpintería, mucho antes de la guerra, dice, y aquí sigue. Cuesta creer que consiga defender un negocio tan artesanal del despiadado ataque del contrachapado sueco.
No me atrevo a preguntarle cómo se consigue resistir y seguir adelante pese a todo. Temo que me avergüence su respuesta, que ponga en evidencia mi debilidad, que no sé si es en parte también la debilidad de los tiempos. Sus manos y su gesto dejan bien a las claras la seriedad y el orgullo de quien se conoce y se define por su oficio.
Me atiende mientras trabaja y me da un poco de apuro distraerle. Esa vergüenza y el asombro por lo que veo harán que deje muchas preguntas sin hacer. Está perfilando unas bolas recién sacadas del torno que no parecen tener otra función que la ornamental y que presentan listados o ajedrezados. Es pino y sapeli, dice. No sé si les aplicará algún barniz después o alguna cera. A mí me gustan como están. Cojo una del tamaño de una manzana grande y siento como si estrechara la mano de don Luis.
La calle de la Merced está vacía a esta hora tan calurosa de la tarde. Busco la sombra de la fachada de la Diputación y sus democráticas escaleras para recomponerme un poco y escuchar otra vez la voz atiplada de mi antiguo profesor, el padre Mendoza, recordándome que en el convento de mercedarios calzados de Santa Catalina, que estuvo edificado aquí y que dio nombre a la calle, vivió algunos años fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina. Creo que a mi profesor le gustaría saber que aun le recuerdo en sus palabras.
Descubro que llevo en la ropa restos de serrín y polvo y olor a madera. Supongo que una nariz experta distingue fácilmente los olores de las distintas resinas, que cambia el aroma de cada árbol, como cambian su color o su textura. Pino, fresno, roble, nogal, cerezo, sapeli... Don Luis me dijo que las trabaja todas. Yo sólo soy capaz de reconocer en mi sombrero olor a madera, sin más, y tengo con eso bastante.
Un instante antes de llegarme hasta la carpintería me detuve en Balaguer, la librería anticuaria de la calle Cardenal Cisneros, frente a la Puerta Llana de la Catedral. Uno ahora, para guardarlas juntas, la tarjeta que me dio allí Joaquín, con la de don Luis Velasco Vega, tornero y artesano de la madera. Pienso en ambos oficios, tan inciertos en los tiempos que corren, y me emborracha la emoción, y la gratitud.

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