La Tribuna de Toledo
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Personajes, parajes y paisajes

Salvador Jiménez Coronado, astrónomo y científico del siglo XVIII

- domingo, 24 de febrero de 2013
Por Almudena de Arteaga

Nací en Ciudad Real un siete de enero de 1747. Como tantos jóvenes de mi época en que las vocaciones eran claras desde la más tierna infancia, apenas pasada la infancia en Ciudad Real viajé para ingresar barbilampiño en las Escuelas Pías del Colegio de San Fernando de Lavapiés un nueve de julio de 1761.
Mis catorce años y medio no fueron impedimento alguno para progresar a pasos agigantados en materias como la teología y las genéricas de humanidades de tal manera que con solo dos años de estudios en el seminario pude profesar un once de septiembre de 1763.
Hambriento de saber y consciente de mi necesidad para ampliar conocimientos de ciencias que eran las que más me embaucaron desde el preciso momento en que las conocí viaje de nuevo desde los seminarios de Getafe a los de Villacarriedo en Cantabria.
Terminé por licenciarme en ciencias cuatro años después y puedo asegurarles que para entonces cualquier invento nuevo que se refiriese a comunicaciones, nuevos descubrimientos en el firmamento y sus estrellas o la cartografía me tenían extasiado. Tanto, que llegué incluso a pedir a Dios  que me diese una larga vida para poder así investigar sobre todas y cada una de las incógnitas que a mi mente acudían.
En el año del Señor de 1769 regresé a San Fernando para convertirme en maestro y compartir toda mi sabiduría con los alumnos de los Escolapios, como era menester en las reglas de mi orden que se dedicaban principalmente a la enseñanza.
Tres años después mis superiores me trasladarían al colegio del padre Felipe Scío de Getafe no solo como un simple maestro sino como el rector del colegio con todo el peso de la responsabilidad que aquello demandaba. Corría el año del Señor de 1772 y me propuse convertir aquel colegio escolapio en un referente para todos los jóvenes que aspiraban a convertirse en científicos. Lo conseguí y mis logros fueron pronto reconocidos en todos los ámbitos.
Pronto el Rey Don Carlos III me otorgó una pensión suficiente como para poder seguir ampliando conocimientos más allá de las fronteras Españolas. Mi primer destino fue Roma, desde allí viaje a la cercana Florencia y más tarde a París.
Todos y cada uno de mis destinos no fueron ni mucho menos elegidos al azar. Al contrario, aquellas eran las cunas donde se almacenaban más conocimientos de astronomía y en cada uno de sus observatorios aprendí algo nuevo con la sana intención de poder algún día  brindarle a España la posibilidad de tener el suyo propio.  Sin duda el gran marino Jorge Juan avalaría mi proyecto.  
No me vi obligado a esperar demasiado a que mis sueños se hiciesen realidad, pues el Conde de Floridablanca, José Moniño y Redondo, ministro de Don Carlos IV; apenas supo de mí y mis ideas me acogió con todo tipo de garantías.
Diez años faltaban para culminar el año cuando se iniciaron las obras del que sería el primer observatorio astronómico Español en Madrid. El gran arquitecto Juan de Villanueva sería su diseñador. El edificio estaría ubicado muy cerca del parque del Retiro y una vez terminado conseguiría que me reclamaran para su dirección. Los ocho años que había pasado fuera de España ampliando mis conocimientos sobre astronomía en varias ciudades Europeas sin duda me sirvieron para conseguir el cargo.
A penas tomé posesión quise seguir cumpliendo con mi obligación de docencia escolapia y seleccioné a seis alumnos de entre los mejores estudiantes en estas disciplinas para becarlos y transmitirles todos los conocimientos que había adquirido a lo largo de mi vida pues ellos serían en un futuro los responsables de transmitir la sapiencia adquirida.
Por aquel tiempo quise dotar de los instrumentos científicos más modernos que existiesen al observatorio y así compré varias piezas de inestimable valor en Londres.  
Contagiadas varias personas relevantes de mi ansia por adquirir nuevos inventos, el  Conde de Aranda, por aquel tiempo embajador de España en Francia me habló de uno en particular que le había llamado la atención. Lo llamaban el telégrafo óptico y servía para mandar mensajes a larga distancia. Al saber de ello quise ser el primero en experimentar con este nuevo prodigio de la ciencia.
Tras mi proyecto inicial sobre unos novedosos anteojos cromáticos publicado en la gaceta de Madrid el 14 de octubre de 1794, fueron muchos los eruditos que quisieron aportar un grano de arena más a mis iniciales experimentos. Y así, en los siguientes catorce años pude leer otros muchos estudios al respecto como por ejemplo el de un médico llamado Salvá y Campillo que trataba de la electricidad en la telegrafía, o el de un militar llamado Hurtado o el de un ingeniero canario conocido como Agustín Betancourt.
Este último se caracterizaba por tener siempre una palabra de crítica para los proyectos de los demás y por estar siempre bien protegido por Floridablanca o Urquijo.
Tuve además el honor de estar invitado a la inauguración del telégrafo que se inauguró en el tramo Madrid-Aranjuez al inicio del siglo XIX por el mismo Betancourt y después; en el sistema de semáforos que el  teniente coronel de Ingenieros Hurtado instaló a partir de 1805 en cuatro líneas, que unían Cádiz con Sanlucar de Barrameda, Medina Sidonia, Chiclana y Jerez.
Por aquel entonces nunca supuse que muy pronto haría de esas tierras gaditanas mi obligado hogar pues al invadir los franceses Madrid, como en tantos otros lugares, entraron a saco en mi Observatorio haciendo de él uno de sus cuarteles generales. Quemaron el telescopio y tiraron los libros, con lo que quedó casi destruido. Fui testigo de cómo toda mi vida de logros e ilusiones se desmoronaba en un instante y a punto estuve de ser asesinado si no fuese porque el portero, arriesgando su vida me escondió hasta poder sacarme de incognito junto con una pequeña parte de la  colección de instrumentos.
Después de aquella dura experiencia solicité la exclaustración, que me fue concedida y pase a formar parte del clero secular, abandonando la Orden a la que había pertenecido  desde mi juventud.
Como tantos otros después de haberlo perdido todo fui huyendo de los gabachos hasta terminar refugiándome en Cádiz. Allí fui testigo en muchas tertulias de cómo se urdía la que sería nuestra primera constitución. La de 1812 más conocida como la Pepa por haber sido precisamente el día de San José el día de su nacimiento. Allí, logré ser nombrado diputado en cortes por La Mancha deseando regresar a las tierras que me vieron nacer pero sin olvidar nunca aquel observatorio que fundé en Madrid y por el cual luché ardientemente para que el gobierno en cuanto tuviese fondos pudiese destinar parte de ellos a su reconstrucción. En ello  estaba cuando la enfermedad me obligó a desistir de mi cargo como diputado en cortes pues aún no había regresado Fernando VII a tomar posesión de su reino. En cuando pude salir de Cádiz y el territorio empezó a ser liberado del invasor napoleónico me retiré a Jerez  donde Dios me llamó a su vera un 24 de noviembre de 1813.

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