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sábado, 19 de abril de 2014
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ENTREVISTA: MARTÍNEZ BALLESTEROS

«No hagan caso cuando oigan que trabajar es un privilegio. No, señor: Debe ser un derecho»

ademingo@diariolatribuna.com - domingo, 03 de febrero de 2013

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Está considerado el dramaturgo toledano más importante desde mediados del siglo XX. Su producción, lejos de haber quedado anclada en las situaciones y problemas de otra época, crece día a día y es testigo de la realidad a la que nos enfrentamos

El dramaturgo Antonio Martínez Ballesteros (Toledo, 1929), fundador del veterano Grupo Pigmalión y autor de Farsas contemporáneas (1969), texto que le situó en un lugar de referencia dentro del teatro español contemporáneo, está considerado entre los autores toledanos más importantes de todo el siglo XX. El Ayuntamiento acaba de otorgarle la Medalla de Oro de la ciudad. «Quizás haya sido así porque no sepan muy bien sobre lo que he escrito...», añade, haciendo gala del humor negro que domina la mayor parte de su producción, con obras recientes cuyos títulos -Crisis; Desahucio, presentada hace apenas una semana por la editorial Celya- hablan suficientemente por sí solos.

Este tipo de reconocimientos suelen concederse a personas que han llegado al final de su carrera. Sin embargo, apenas dos días antes de recibir la Medalla de Oro de la ciudad (el pasado 23 de enero), Antonio Marínez Ballesteros presentaba un nuevo trabajo en la Biblioteca de Castilla-La Mancha...
Textos para publicar no me faltan, porque sigo escribiendo y tengo una infinidad de obras pendientes. El problema es que pasamos por una época en la que nadie subvenciona este tipo de proyectos y resulta muy difícil seguir presentando nuevos trabajos. En realidad, me sorprendió que la editorial Celya se ofreciese a publicar Desahucio, porque consiste en un monólogo francamente breve.

El título mismo de este trabajo ya supone toda una declaración de intenciones.
Ojalá el contenido de la obra perdiese vigencia, porque eso significaría que el problema ha desaparecido, pero por desgracia eso no parece fácil... Desahucio forma parte de una serie de cuadros que estoy escribiendo sobre personajes en situaciones difíciles. En algunos de ellos me valgo de lo dramático (un desahucio es siempre una tragedia), pero en otros critico la actualidad con ese sentido del humor que me ha caracterizado siempre. Mi idea inicial fue escribir teatro surrealista, pasar posteriormente al realismo presentando esas situaciones de forma seria y llegar finalmente al humor. Eso sí, un humor que siempre es negro.

Pues no es habitual conceder medallas a los autores que se caracterizan por el humor negro y que no cierran los ojos ante los problemas de la sociedad...
Como siempre sucede en estos casos, la crítica social a unos les vendrá bien y a otros no tanto. Agradezco la distinción a un grupo de personas de muy buena voluntad hacia mí que apoyaron la concesión de esa medalla. Algunos de ellos, me consta, conocen mi teatro. Otros, quizá no tanto. A lo mejor me la dieron porque no saben muy bien sobre lo que he escrito... [risas]

Sin embargo, ¿no cree que sería muy sano para los ayuntamientos y para los gobiernos el dejarse contagiar por una mirada crítica hacia sí mismos y hacia la realidad que nos rodea?
Modestamente, no sé si eso está presente en mi teatro, pero siempre he considerado necesario que la gente se dé cuenta de las cosas. ¿Qué va a pasar con los pueblos a los que quieren quitarles sus prestaciones sanitarias? Eso no se puede consentir, como tampoco el hacer creer a la sociedad que tener trabajo es un privilegio. No, señor: Trabajar es antes que nada un derecho. ¿Qué sucede con la Unión Europea, o, mejor dicho, con la ‘Unión Germánica’ presidida por una Angela Merkel que no está dispuesta a ayudar a nadie?

Escuchándole, da la sensación de que la prensa puede ser la mejor cantera de material para un dramaturgo.
Da muchísimas ideas, eso es verdad. Incluso las tertulias políticas a una sola banda que tanto abundan en las radios y televisiones en estos días.

Creo que ha llegado el momento de preguntarle cuándo y por qué empezó a interesarse por el teatro.
Recuerdo que era muy joven. Estaba terminando el bachillerato cuando escribí mi primera obra, que, naturalmente, fue muy mala. Siempre me ha gustado escribir, pero, en esto del teatro, empecé de forma totalmente autodidacta. Luego surgió el Grupo Pigmalión, vinieron los premios... Recuerdo que me comunicaron que había ganado el Premio Guipúzcoa a través de un telegrama que me llegó cuando estaba preparando un montaje en el Teatro de Rojas. Era el año 1969. Empezaron las entrevistas, los viajes... Farsas contemporáneas se representó en muchas ciudades españolas, en Estados Unidos, Alemania, Portugal, Argentina... Me fui haciendo un nombre, pero el público de teatro es muy olvidadizo y enseguida deja de recordarte.

¿Muchas zancadillas en el camino?
Muchas. Sobre todo cuando un profesor americano dijo que el teatro español que más le interesaba era el que escribía el ‘triunvirato’ formado por Ruibal, Bellido y Martínez Ballesteros. Menuda se formó. Pero los años pasan y las cosas cambian. En su momento consideré que tenía enemigos, y mire que es una palabra fuerte, pero ya no. Me encuentro a gusto.

Adelardo Méndez Moya, que ha escrito sobre su teatro, habló recientemente de «segunda juventud creativa» de Antonio Martínez Ballesteros...
La verdad es que a raíz de ese estudio me he dado a mí mismo un poquito más de valía, porque creo que siempre he pecado de modestia, y eso es algo que en el mundo del teatro es muy perjudicial. Agradezco profundamente recibir la Medalla de Oro de mi ciudad, pero lo que más me gustaría y me emocionaría, lo que de verdad sería un premio para mí, sería volver a encontrar una de mis obras representadas en un teatro de Madrid.

¿Y por qué no...?
Pues porque ahora las cosas están muy difíciles. A menos que conozcas a alguien, claro. Si tienes amigos en el Centro Dramático Nacional todavía tienes alguna posibilidad, pero, de lo contrario... Admiro a la gente de salas como la Cuarta Pared. Son jóvenes que han tenido que hacerse a sí mismos en un mundo difícil. Ojalá Pigmalión me hubiese pillado en Madrid y con unos años menos. Podría haber montado mis obras allí y haberlas llevado a teatros importantes.

¿Tan mal está el panorama para los autores de teatro?
Solo si tienes amigos te puedes comer una parte de la tarta. De lo contrario, es dificilísimo. Otra cosa, claro, es dedicarte a las adaptaciones. Coges un clásico, que es un texto de dominio público, lo retocas y ya está. Hace poco leí que Rubén Ochandiano estaba montando una Antígona. Nosotros también la hicimos hace muchos años, en Ciudad Real. ¿Quiere que le cuente una anécdota sobre esa función para que vea cómo a veces cambian las cosas en el mundo del teatro?

Adelante.
Me pasó con Luis Alfredo Béjar, a quien le apetecía volver a hacer teatro después de estar muchísimo tiempo sin subirse a un escenario. El caso es que él estaba acostumbrado a actuar como se hacía antes, cuando el apuntador te iba recordando la función desde la concha sin necesidad de tener aprendido el texto de la obra. Cuando el pobre vio que los actores ya no trabajaban así, sino que memorizaban los papeles, cogió mucho complejo...

Bueno, ¿pero cómo quedó?
Bien, finalmente salió bastante airoso. Pero le costó adaptarse ante eso a lo que antes estábamos acostumbrados.

Hoy prácticamente ya no quedan conchas de apuntador más que en los teatros de época.
Había una en el teatro del Casino, que es un edificio que está perdido para los toledanos, y es una lástima. Allí es donde nosotros hacíamos cosas al principio. Recuerdo un homenaje que dimos a Carlos Muñiz, de quien hicimos El tintero. Como el teatro estaba junto al salón del Casino donde la gente jugaba a las cartas y al dominó, había quien pasaba y decía ‘¡Bah, teatro!’, con el autor allí presente... Un viejecillo se sentó al lado del pobre Muñiz y le dijo, sin saber que era el autor, que los actores no decían más que tonterías...

¿Qué otros escenarios ha recorrido en Toledo el Grupo Pigmalión?
Del Casino pasamos al pequeño local que había donde los Sindicatos, porque nosotros, antes de que llegase la Transición, dependíamos de la Obra Sindical de Educación y Descanso. Cuando llegó allí Comisiones Obreras, nos fuimos. También ensayamos en la Escuela de Arte y en la Universidad Laboral. Donde era posible, la verdad.

¿Cuántos años ha cumplido ya el grupo?
Empezamos en 1966, así que calcule... Por él habrán pasado alrededor de doscientas personas. Desgraciadamente, el Grupo Pigmalión está moribundo en la actualidad. Nuestra última obra fue Oleanna, de David Mamett, en la que participaron mi hija y mi yerno. Estamos en las últimas, pero tampoco voy a decir que nuestra próxima obra [una lectura dramatizada de Crisis, el próximo 26 de febrero, en el salón de actos de la Biblioteca de Castilla-La Mancha] sea la despedida definitiva. Ya sucedió cuando cumplimos nuestro 35 aniversario, hace más de diez años, y salió en ABC que era la despedida. Según me dijeron, alguien mandó un fax en nombre del grupo anunciando que el final era inminente. ‘¿Qué fax?’, me pregunté yo. ‘¡Pero si en el Grupo Pigmalión nunca hemos tenido fax!’.

 Víctor Ballesteros
Víctor Ballesteros
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