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San Pedro Mártir levanta su último telón

a. de Mingo /toledo - domingo, 22 de enero de 2012
La Universidad de Castilla-La Mancha ha rehabilitado el Ochavo o relicario de San Pedro Mártir. Se trata de un pequeño espacio barroco de mediados del siglo XVIII que hasta ahora se encontraba en malas condiciones de conservación

San Pedro Mártir es, como el resto de grandes monasterios dominicos -desde Santo Domingo de Bonaval (Santiago de Compostela) hasta el desaparecido convento de Nuestra Señora de Atocha, de Madrid-, una ciudad en sí mismo. Ha estado sometido desde casi el mismo momento de su construcción a una intensa actividad y reforma, acumulándose, una tras otra, las aportaciones constructivas y urbanísticas de las diferentes épocas más allá de la primitiva fundación, gótica, del siglo XV. Prueba de ello son sus patios, la iglesia -convertida hoy en paraninfo universitario- y el resto de las estancias en las que acontece el día a día de los estudiantes. En otras palabras, una mezcolanza de espacios tardomedievales, renacentistas y barrocos sobre los cuales se han sumado otras intervenciones durante los dos últimos siglos, entre ellas las emblemáticas remodelaciones impulsadas por la Universidad de Castilla-La Mancha con los arquitectos Diego Peris, Mario Muelas y Emilio Verástegui como principales protagonistas.

Es la identidad renacentista la que predomina en la mayor parte de todo el conjunto. Hablar de San Pedro Mártir obliga a recordar la labor de los grandes arquitectos del siglo XVI, como Alonso de Covarrubias, Juan Bautista Monegro, Nicolás de Vergara y Hernán González de Lara, de cuyo nacimiento se cumple precisamente en 2012 el quinto centenario.

No obstante, un simple paseo por espacios como la actual Biblioteca General del Campus de Toledo, instalada en el antiguo refectorio conventual, o por salones como el Teatrillo y el Salón de Óculos, permiten apreciar una fisonomía muy diferente. El Ochavo, denominación que recibe en función de su planta octogonal el relicario barroco del conjunto -y que la Universidad presentará en sociedad próximamente tras un concienzudo proceso de rehabilitación-, es uno de estos lugares.

Se trata de la última estancia significativa de San Pedro Mártir. Es la más reciente en el tiempo si tenemos en cuenta que fue construida durante los años centrales del siglo XVIII, cuando buena parte de los espacios de San Pedro Mártir-Madre de Dios habían desarrollado ya su morfología definitiva. Pero también es la más novedosa, puesto que son muy pocos los toledanos que han tenido hasta la fecha la oportunidad de asomarse a este pequeño y maltratado espacio, cuyos columbarios eran precisamente nido de palomas hasta la reciente rehabilitación a la que ha sido sometido.

El Ochavo, que Rosario Díaz del Corral definió como «casi una obra rococó», es un espacio de alrededor de cincuenta metros cuadrados (y considerable altura, en proporción) en donde la congregación reunía sus reliquias. Comparte con la vecina iglesia de los Jesuitas -cuyo relicario, situado en la Capilla de San Ignacio, también posee planta octogonal u ochavada-, y con el resto de espacios barrocos de San Pedro Mártir, un origen similar: la primera mitad del siglo XVIII y la labor de arquitectos como José Hernández Sierra, el más importante de Toledo en aquel momento.

Bien estudiado por especialistas como Diego Suárez Quevedo y Juan Nicolau Castro, Hernández Sierra -que a menudo aparece citado en la documentación de época como «José Sierra»- fue un arquitecto de origen salmantino, discípulo de Alberto Churriguera y presente en buena parte de las reformas arquitectónicas del barroco final en la ciudad, antes de que hicieran su aparición en escena Eugenio López Durango y los clasicistas romanos seguidores de Ventura Rodríguez y Francesco Sabatini.

Hablamos de una arquitectura que, sin poseer las motivaciones ni las fuentes del rococó, despliega los elementos ornamentales con enorme libertad plástica, generando en espacios como el Ochavo de este convento una sugestiva mezcla entre el refinamiento cortesano y la interpretación popular del último barroco. Elementos como la media naranja y las ocho pilastras de orden compuesto que articulan el espacio conviven con pinturas murales que simulan cortinajes, jarrones y roleos.

Especialmente interesante es el diseño de la solería, en el que cobra protagonismo la característica azulejería azul y blanca repartida por otros espacios dieciochescos del conjunto. Parte de un motivo central cuadrado, inscrito en una estrella de ocho puntas, que genera una serie de radios, los cuales se corresponden con los plementos de la cúpula.

Unifican el conjunto los basamentos de los altares-hornacinas del primer cuerpo, que se alternan con los mensulones-repisas sobre los que apean las pilastras. La mesa de altar más desarrollada, sobre la que se levanta un nicho hoy vacío con su correspondiente enmarque de baquetones, posee un tondo central con la representación de un perro que sostiene una tea encendida entre las fauces, característico de la Orden de Predicadores. No sería de extrañar que en este espacio, que actúa a manera de "capilla mayor" del Ochavo, hubiera originariamente una representación escultórica de San Pedro Mártir o de cualquier otro santo dominico de relevancia. A ambos lados del mismo, otros dos nichos especialmente destacados -ornamentados con pabellones pintados en azul y blanco- contendrían también esculturas de ciertas dimensiones. Los ocho nichos-hornacinas restantes del cuerpo inferior, rematados en arco de medio punto, reproducen pabellones similares, con decoración de nubes en el intradós y jarrones de flores, toscos en la ejecución pero llenos de energía y sabor barroco. Además, han conservado en condiciones apreciables tanto el dibujo como la policromía.

Por encima de los nichos grandes y los nichos-hornacinas, en cada uno de los ocho muros del relicario el espacio se distribuye en columbarios de entre cinco y siete pequeños huecos, cuyo fondo e intradós aparece decorado con fingimiento de piedras duras en colores rojo y negro, similares a los de los basamentos del cuerpo inferior y la mesa de altar. La técnica de este trampantojo, especialmente utilizada durante el siglo XVIII en toda suerte de mobiliario y retablos, es en este caso de muy poca calidad, pero refuerza la sensación de religiosidad popular que invade todo el conjunto.

Mayor relevancia posee la única puerta de entrada al recinto, formada por un diseño geométrico que enmarca dos emblemas: Arriba, la cruz florlisada dominica, sobre los colores blanco y negro característicos de la Orden de Predicadores. Abajo, la Cruz entre la rama de olivo y la espada, símbolo del Santo Oficio. Se trata de una soberbia hoja que comunica el espacio del Ochavo con la Sacristía, empleada durante años como zona accesoria de la Biblioteca General del Campus de Toledo, que en el futuro se empleará como salón de grados o espacio de especial relevancia dentro de la vida universitaria de San Pedro Mártir, sede de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Castilla-La Mancha en Toledo.

El arquitecto que ha coordinado la rehabilitación de los espacios sacros del conjunto conventual, tanto la iglesia -recientemente estrenada en actos como la investidura del nuevo rector, Miguel Ángel Collado- como el propio Ochavo, Emilio Verástegui, explicaba en 2009 a La Tribuna de Toledo que las condiciones de iluminación natural del relicario eran excelentes para los usos bibliotecarios e investigadores del siglo XXI. Hacia 1750, cuando se proyectó en el Toledo barroco, su atmósfera, sobrecargada de representaciones religiosas, cirios y hachones encendidos, sería sin duda mucho más sobrecogedora.

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