S us obras le mantienen vivo porque, apunta, con ellas busca el equilibrio. Ube -que expone algunas de sus piezas escultóricas en Tolmo-, considera que la creación, o por lo menos la suya, posee la intención de ser «una especie de luz de neón» con la que instar a la reflexión. Al pensamiento individual, al análisis global. Por ello, y persiguiendo este empeño, la muestra exhibida pretende ser un recorrido en el que este escultor transmite a través de piezas que son reflejo de sus pensamientos críticos.
Porque, a pesar de que el autor expresa su actitud ante la vida, el entorno y el proceder habitual, es el observador el que debe reinterpretar el germen original a su forma y percepción. Razón por la que la madera quemada, revestida e impresa conforma un universo propio de quien la mira. Así, con la máxima de que «todos podemos aportar siempre algo a los demás», Ube ofrece un conjunto de obras en las que la materia prima es el nacido de la tierra y el proceso hacedor es el motivado por los principios de un hombre que, ante todo, reivindica el significado de lo que para el común de los morales «es insignificante».
De ahí los leños y troncos desahuciados que sólo son vistos como combustible de queda, de ahí la protección de la madera quemada con piel y chapa, de ahí las acciones casi desesperadas por revestir una piel dañada. Por realzar las partes que no importan. Actúa con el mismo ímpetu sobre la piedra, piel arrancada a martillazos en la que se contemplan las huellas de las herramientas manejadas por Ube. Y es que, aprecia, necesita «que las formas sean brutas» y concisas, como los son las heridas de una mutilación.
Cada cual enriquece la obra, la relee, la vuelve a crear. Quizá sea esa la razón por la que, aunque el autor asegura que no busca la estética ni el adorno, las obras presentadas poseen una impronta natural, una ruptura que por acentuada no es intolerable.
Es, en el caso de la serie en piedra, un atractivo vinculado a la identidad y a la adaptación, referido a la no siempre negativa modificación del ser. La parte de un todo se muestra, en Tolmo, como resultado de una intervención tosca a la vez que acrecentadora en las formas pulidas, en los ángulos moldeados. Con la madera ocurre lo mismo incluso cuando la cuchilla corta la primera impresión, la que se transforma con una segunda mirada. Y es que, aunque el protagonista de la exposición diga que «por lo general casi todo lo que tocamos lo destruimos», también es cierto que el fuego además de arrasar posee la eterna virtud de purificar y regenerar.
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