Gema tiene 16 años y ha vivido en primera persona cómo se quemaba su casa. En la mañana del 1 de febrero, acudía al Centro de Salud porque estaba enferma. Su madre la dejó en casa junto a su hermana mayor, Sandra de 21 años y el hijo de esta, Héctor, de tan solo dos. Como era temprano se volvieron a las habitaciones, en el piso de arriba y, poco más tarde notaron cómo olía a humo, como de estufa. Creyeron que era del vecino. "Si no llega a venir mi madre nos asfixiamos", dice Gema, la única que tuvo que ser atendida por intoxicación por humo por este suceso, necesitando asistencia con oxígeno durante tres horas.
Y es que el olor a estufa que notaron no era la del vecino, sino la que tenían en el salón de su vivienda que había comenzado a arder, invadiendo todo el salón, comiéndose las llamas el pladur de techos y paredes y recorriendo el resto de las habitaciones de la planta baja. La ventana de la habitación comenzó a ponerse negra, los aparatos de airea acondicionado se deshacían del calor y el humo invadía toda la casa, como una lengua grisácea a lo largo de todo el pasillo donde se encuentran las habitaciones. Ella, en pijama, descalza intentó recuperar el ordenador portátil, donde tienen todos sus recuerdos. Estaba en el salón. Pero el techo se vino abajo, salió corriendo fuera de la casa, donde una vecina hasta le dejó unas zapatillas para que se calzara.