De muchos varones se dice que piensan más con el cerebro de abajo que con el de arriba. Sin embargo, aunque de otra manera, lo mismo vale para no pocas damas. Poco importa la crisis; se sigue gastando en algo que se considera esencial o, como decía el premio Nobel de Medicina Drauzio Varella, según sabio mensaje que me llegó por Internet: En el mundo actual, se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres que en la cura del Alzheimer. De aquí a unos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará de para qué sirven.
Obsérvense la proliferación de clínicas de estética, cuánto se gasta nuestra humanidad ahora con rumbo menesteroso en ropas para seducir, en cremas para planchar arrugas y colores, en dientes postizos que solo se ven pero no pueden apenas usarse, en adornos, joyas... Incluso quien estas líneas escribe en sus propias carnes lo sufre pues, como experto en Estética y Teoría del Arte, hay quienes piensan que me dedico a esos menesteres en vez de a la pintura y la escultura, la arquitectura o la música. Solo falta que me pregunte alguna atrevida señora ¿y no podría usted arreglarme los pechos? ¿Estirarme la piel? Si fuera un libertino fácil tendría la contestación, pero no mediante quirúrgica operación, mas callo y miro al cielo. Así está nuestro mundo, pensando más con el impulso reproductivo, con la búsqueda feroz de un placer efímero, que con un espíritu libre. Muchos, encadenados por los bajos, arrastrados son detrás de un cuerpo que les seduce, como una poderosa droga, sin ver más allá. Amor mismo es confundido con sus alas de niño cuando entran en acción los sexos y muchos entienden amor cuando debieran decir, simplemente, sexo o carnal atracción, consuelo de afectos, encoñamiento...
Tiempos de crisis de valores, quienes esto promueven son como los que las bolsas artificialmente con financieras trampas mantienen. La lucha contra los años es una batalla que siempre perdemos; las sucesivas derrotas solo pueden retrasarse y aminorarse. Hay que saber perder facultades físicas y ganar las espirituales. La felicidad no tiene solo su habitación en el cerebro de abajo, un tanto bruto, sino más bien en el de arriba y en el corazón. Ya lo decía Platón, no hay que dejarse arrastrar por el caballo negro, hay que sujetar las riendas de nuestro carro y dirigir el rumbo con el caballo blanco, equilibrar la carrera de la vida, sin despreciar el placer, don de Dios también, pero sin caer en sus pozos donde nada se ve y, al final, bajo el agua, el cieno atrapa.