En las Escuelas de Negocios y en los "Master" sobre técnicas de Dirección de Empresas, se estudia cómo los liderazgos pueden asumir diversas formas. Por simplificar, en uno de los extremos se situarían los liderazgos enriquecedores y en el opuesto, lo liderazgos empobrecedores. Los últimos, suelen coincidir con liderazgos exacerbados o hiperliderazgos que dificultan y ahogan los desarrollos de las organizaciones.
En el caso de los partidos políticos de corte clásico - tal como los conocemos en Europa - los hiperliderazgos amenazan directamente las estructuras y los fines mismos de los partidos. Generan anemia democrática en cuanto organizan mecanismos de participación que los hiperliderazgos obstaculizan con su sobreactuación; anulan a los militantes; provocan desmovilización y convierten las reuniones y otros actos partidarios en simples reafirmaciones del líder y sus adláteres. Los partidos así dirigidos pierden su razón última de ser y existir.
La Europa de la postguerra se articuló sobre la base de los partidos políticos como catalizadores de las demanda de la población. Los militantes, en su condición de ciudadanos más comprometidos - la afiliación - actuaban como representantes de los ciudadanos. O, mejor, como intermediarios en dialogo interactivo entre los votantes y los dirigentes. El hiperliderazgo prescinde de esa función del militante, va desdibujando su figura y desnaturalizando su condición de portador de las inquietudes colectivas. En ese proceso empequeñecedor, al militante se le reduce a "clá" de los actos públicos o a su empleo como delegados o interventores en los momentos que se celebraban elecciones.
Si el líder se ha arrogado todas las capacidades, que son prerrogativas de los militantes, cuando de cubrir cargos y otras responsabilidades se trata, se corre el riesgo de que seleccione amigos; familiares; gentes no comprometidas con la organización; personas que se dicen independientes; o a aquellos, quienes por su forma de ser, necesitan ser mandados o a quienes, a cambio de una lealtad de trueque, solo aspiran a los repartos de poder y mantienen su lealtad en función del puesto. En tales situaciones se prescindirá de capacidades, trayectorias, currícula y cualquier otro elemento de capacitación. Es lo que se ha dado en llamar selección negativa. Progresivamente, mediante estas técnicas, se van reforzando las discrecionalidades del líder y la arbitrariedad sustituye la toma de decisiones participadas y compartidas.
En paralelo, se va arrinconando la ideología. Los proyectos o actuaciones no responden a principios o planteamientos ideológicos, sino que serán aquellos que encajen con la visión de la realidad del líder o en función de otros intereses, suyos o ajenos. De ahí se deriva un pragmatismo «apolitizado» que se fundamenta en la gestión que el líder desarrolla. Lo que ejecuta el líder se convierte en sucedáneo de la ideología y los principios y valores de esta desaparecen. De tal manera que la actuación política pierde sus diferenciaciones ideológicas y se presenta como intercambiable.
El líder, en razón de su voluntad única o, como mucho, de pocos colaboradores, olvida el principio de responsabilidad. No tiene que dar cuentas ante nadie de sus actos, de sus nombramientos, de sus actuaciones. Cuanto sucede, si es perjudicial, es por culpa de otros; si es beneficioso, es por causa de sus méritos. Nada tiene que explicar a los militantes, que ya no representan nada ni a nadie. Y en todo caso, la dación de cuentas se producirá ante gentes que han sido cooptadas por el líder. Así el líder se situará solo ante Dios, ante la Historia o, lo que es habitual, ante sí mismo.
Con tales premisas los partidos políticos progresivamente se van agotando. Los dirigentes se limitan a administrar el poder o sus remanentes que oscila en función de los resultados electorales. Los mensajes se hacen tecnocráticos o populistas. Ni se pretende influir ni, mucho menos, transformar la realidad. Tampoco acelerar, si se encuentran en la oposición, el acceso al poder. Les basta con esperar a que se produzca el desgaste del rival, como consecuencia de la acción de gobierno. En esas estamos.