Ayer era el cumpleaños de Barreda. Esperaba soplar las velas de la tarta con Chacón. Pero 22 votos convirtieron el «chute», según propias palabras de los chaconistas, de adrenalina de la candidata de su intervención en un mal disimulado bajón y en una nueva representación de arrumacos y mimitos dentro de una organización dividida, con profundas heridas internas y donde las escenificaciones, emociones y proclamas de unidad son directamente proporcionales a la real confrontación.
Los socialistas castellano- manchegos se jugaban también mucho en este envite.
Emiliano García-Page, quien asomó, o a quien, mejor dicho, asomaron como posible tercera vía, decidió no emerger del todo y sin alharacas conducir a buena parte de los delegados de la región al lado de Rubalcaba.
El triunfo de Alfredo era también en parte suyo y su apoyo aval de futuros y responsabilidades próximas en el partido.
Era su simpatía, era la de Bono y era la contraria que la de Barreda y sus partidarios, que aún los tiene sobre todo en su provincia natal.
Para Barreda, un triunfo de su amiga Chacón, y de su compañero de pupitre Miguel Barroso como maravilloso muñidor de campañas, hubiera significado que la secretaría general del PSOE en Castilla-La Mancha aún podía estar muy en cuestión.
Y que la lista alternativa que ya aflora desde Ciudad Real y su presidente de la Diputación, se vería muy seriamente reforzada con el triunfo en Sevilla. La derrota, más dolorosa por las expectativas últimas, las euforias del propio entorno de la catalana y sus victoriosas puestas en escena, le supone al ex presidente el último y definido traspiés.
El penúltimo fue en pleno congreso, el «no aplauso» a Bono, constatación ya no solo del alejamiento sino de la clara hostilidad entre ambos.
A Emiliano la victoria de Alfredo Pérez Rubalcaba le despeja muchos caminos, los mismos que le podía dificultar el triunfo de la exministra que le quiso quitar la música al Corpus toledano y a quien él se la devolvió.
El primero que le deja franco o aún más franco todavía porque ya había bastante consenso alrededor, es el del liderazgo regional. Luego ya se verá. Porque el paso de Emi a la política nacional ya ha sido dado.
También ha llegado otro momento, en realidad ya había llegado mucho antes, pero el protagonista se negó a apagar la vela y se atrincheró en el escaño del Congreso, el de que Barreda diga, como dijo en Sevilla, Zapatero: «Aquí acaba mi tiempo».
Quizás lo piense cuando sople la tarta de su cumpleaños. Quizás en compañía de Chacón. Ella, aunque haya perdido ayer, no duden que se apresta a otras batallas. Lo que no le han dado los delegados espera que se lo den, dentro de unos años, las primarias. Su tiempo político no puede darse en absoluto por acabado.
El de Barreda, si.