Al fin hemos podido apreciar las instalaciones del nuevo Museo del Ejército en el edificio del alcázar toledano. Un deslumbrante vestíbulo se interpone entre la entrada y las colecciones permanentes montadas en el emblemático edificio. La amplitud y los restos arqueológicos es la mejor tarjeta de visita para lo que, inmediatamente, después se ofrece al visitante tras cruzar una, excesivamente, estrecha puerta de acceso.
Ciertamente no puede llamarse en toda su extensión «Museo del Ejército», sino que, más bien, debería llamarse, como ya se intentó en otro momento «Museo de Infantería», o con, más precisión, «Museo del Ejército de Tierra», ya que en sus colecciones apenas hay objetos o referencias a las otras ramas que componen el ejército español.
Una lástima que no esté incorporado a la red nacional de Museos Estatales, ya que ha tenido que exponer copias de muchas obras de arte de referencia u otras realizadas por autores de segundo orden, cuando el Estado tiene entre sus fondos archivísticos o museográficos suficientes piezas de calidad para poder ser exhibidas, sin menoscabo de los depósitos de los Museos de procedencia, en las salas del Alcázar, aprovechando así la presencia de los miles de visitantes que se prevén las recorran.
Estos primeros días de apertura servirán sin duda para obviar pequeños detalles de iluminación, señalización e información, que para nada empañan el resultado del conjunto. Creemos que se han cumplido todas las expectativas, aún después de las polémicas generadas por el diseño museográfico o por la desviación del gasto, producto a veces de decisiones desacertadas. Digno final para un edificio que ha sufrido en sus carnes los avatares de la historia de España, incendios y abandono, espléndidas instalaciones que nos ayuda a superar el triste recuerdo del protagonismo que tuvo en la última guerra civil. Hay que felicitarse de la conservación de elementos que, sin ensalzar estos sucesos elevados a la categoría de mito por el régimen anterior, si dejan huella de los mismos, como el conjunto escultórico de Juan de Ávalos, el despacho del coronel Moscardó o la capilla y cripta funeraria, realizando una difícil lectura de la Ley que actualmente se aplica sobre la llamada «Memoria Histórica».
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