No deja indiferente, el juez Garzón cuenta con apoyos incondicionales cuando le vienen mal dadas y detractores incondicionales que cuando le vienen mal dadas están deseando que se conviertan en un punto final de su carrera. Lo que ocurre ni unos ni otros forman un grupo definido, sino que se mueven. Hoy le apoya Zapatero y algunos de sus colaboradores, cuando hace apenas diez años Garzón era un juez maldito para los socialistas; y la gente del PP que le apoyaba cuando estaban en la oposición a Felipe González y también después cuando Garzón tanto colaboró con sus ministros de Interior en la lucha contra ETA, hoy sin embargo abominan del famoso juez. Ni le perdonan cómo tira balones fuera en la instrucción del caso Faisán, ni le perdonan cómo actúa ante algunos imputados o encausados en el caso Gürtel, ni le perdonan que cuando Zapatero negociaba con ETA el juez dictaminara que algunos grupos radicales no pertenecían a la esfera de ETA y diera así vía libre para que se presentaran a las elecciones.
Zapatero ha elogiado este fin de semana al juez, del que ha destacado su valentía en la lucha contra ETA; además, un grupo de intelectuales se ha reunido en Jaén -tierra natal de Garzón- para expresarle su apoyo. Menos intelectuales que en otras ocasiones, todo hay que decirlo, faltaban muchos de los que pertenecen al grupo de la ceja, lo que ha debido preocupar al juez. Pero lo que causa estupor es que el propio juez denuncie que se siente víctima de una campaña de acoso y derribo orquestada por el PP. Tendría que explicar de qué PP está hablando, porque gente importante de ese partido considera que debería haber una docena de garzones en España dispuestos a hacer frente a ETA.
El problema no está en si es valiente o cobarde, que es valiente no lo duda nadie que conozca su trayectoria, y parece mentira que el propio presidente de gobierno haya entrado en esa dinámica, porque nadie juzga su valor. El problema está en que el CGPJ tiene que decidir si ha actuado conforme a Derecho ante tres cuestiones muy espinosas, y si puede seguir al frente de un juzgado de la Audiencia Nacional en el caso de que se hayan producido irregularidades en su forma de actuar. Ese es el quid del asunto, no su coraje personal. Lo que se plantea es si actuó correctamente en sus investigaciones relacionadas con la Ley de Memoria Histórica, si es lícito pedir dinero al presidente de un banco para financiar un curso en Nueva York cuando se deben tomar decisiones muy relevantes desde el punto de vista jurídico sobre ese presidente, y si puede intervenir las conversaciones profesionales entre unos presos preventivos y sus abogados.
Eso es lo que está sobre la mesa y eso es lo que deben determinar el CGPJ y el Supremo. Y deberían hacerlo sin presiones. Ni del presidente de Gobierno, ni de políticos, ni de compañeros de la judicatura, ni de periodistas, ni de fiscales ni de personalidades del espectáculo y la cultura.
Porque es así, sin presiones, y sin movilizar a los amigos, como los jueces se ganan el respeto.
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