Valentín Velasco
Si en la Transición española se escuchaba la canción protesta de Víctor Manuel y Ana Belén, ‘Abre la muralla’, en Toledo, como consecuencia de las persistentes lluvias que no cesan desde que comenzara este crudo y duro invierno, pareciera que el recinto amurallado pretende hacer bueno el estribillo de dicha melodía; pues este fin de semana hemos sido noticia de ámbito nacional como consecuencia del derrumbe de un buen lienzo de muralla, a la altura del remonte mecánico que, por seguridad preventiva, ha sido cerrado al público hasta que los técnicos dictaminen lo contrario.
Obviamente están siendo días duros para los responsables políticos, sobre todo a nivel de Ayuntamiento, toda vez que los problemas parecen concatenarse, pues apenas hace unas semanas que se produjeron graves daños en las ruinas (nunca mejor dicho) del yacimiento del Circo Romano y, ahora, ocurre lo peor. En tal sentido ya se alzan voces de atención sobre otros puntos del recinto amurallado que, asimismo, amenazan con venirse abajo desde su base, toda vez que el agua está horadando los cimientos y los terraplenes, incapaces de chupar más agua, hacen presión hasta que estallan las piedras por la raíz. De cualquier forma, y según las primeras declaraciones efectuadas por el alcalde, aunque se hallaba fuera de la ciudad, entabló contactos de forma inmediata, tanto con la Junta de Comunidades como con el Ministerio de Cultura, para proceder a la evaluación de daños y su reparación. Está claro que es lo mínimo que se puede hacer en estos casos: actuar de manera rápida, pues el conjunto del recinto amurallado, abandonado durante muchas décadas hasta que se logró restaurarlo, ha de preservarse a toda costa, y sin perjuicio de los costes, pues, obviamente, se trata de un elemento patrimonio de la Humanidad.
Seguramente en este lamentable suceso estará por demás la polémica, en el caso de que la oposición municipal quiera entablarla, pues también aquí han sido los ‘elementos’ incontrolables de la meteorología la causa actuante que han producido estos daños y, en principio, la diligencia con que se ha actuado también ha de considerarse acertada; sin embargo la vigilancia necesaria se impone sobre el plan de actuación que habrá de llevarse a cabo para su reparación y preservación de la misma. Sería bueno, aprovechando esta desafortunada coyuntura, que se hiciera una profunda evaluación por los Servicios Técnicos del Instituto de Patrimonio del Estado, en colaboración con los responsables autonómicos y municipales, para evitar en lo posible daños de esta naturaleza. Bien pudiera ser que no hay mal que por bien no venga; de ahí que los últimos daños sufridos por nuestro patrimonio pudiera constituir una ocasión para llevar a cabo una intervención sobre el mismo que, en muchos casos, se hace imprescindible.
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