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Homenaje internacional de los supervivientes de Mauthausen: 8 de mayo.

El ordenanza de Mauthausen

marta garcía/ toledo - domingo, 10 de mayo de 2009
Ramón Bargueño "Mermelada" fue uno de los pocos supervivientes toledanos • Su historia se cruza con la del fotógrafo Francesc Boix

El castigo que le aplicaron a Ramón en el campo de Mauthausen suena a capricho. Mientras cientos de personas se morían de hambre, se dejaban caer acurrucados por el frío, las enfermedades, la pena y las duras condiciones, a este toledano le ocurrió lo contrario. La gusa confundía el peligro de los que nada tenían que perder tras aquellos muros levantados para rentabilizar el exterminio y dejaba rastros demasiado evidentes. De vez en cuando, Ramón y algún deportado republicano más se acercaban a las cocinas del campo central, cerca de las cámaras de gas, para robar comida, pero estos fugaces atrevimientos los pagó caros. Los guardianes le sorprendieron un día y le obligaron a tragarse cinco kilos de mermelada como castigo. Sin duda, ninguno de los maltrechos y consumidos compañeros se hubiera puesto en su pellejo porque al toledano le faltó poco para morir de una indigestión. A partir de aquel momento, a Ramón Bargueño, el deportado número 3.183, le apodaron "Mermelada".

Al campo de concentración de Mauthausen, levantado en Austria en 1938, suele acompañarle mejor fama que a los levantados en Polonia, donde las cámaras de gas y los crematorios trabajaban sin descanso. Sin embargo, los españoles que sobrevivieron a la crudeza del imperio nazi recuerdan un gran número de muertes por hambruna, por frío y por enfermedades. Y otras tantas por trabajos forzados y por los experimentos médicos que aplicó el abominable Aribert Heim, conocido como el "Doctor Muerte", que llegó al campo de concentración en octubre de 1941, un mes antes que Bargueño, y en sólo un par de meses asesinó a 300 deportados con sus famosas inyecciones intracardiacas de benceno.

Mauthausen fue acumulando horrores según avanzaron los años gracias a sus alambradas electrificadas, su cámara de gas, sus hornos crematorios y una sala de ejecuciones, estrenada en 1942, para acabar con los prisioneros mediante un tiro en la nuca, práctica que los españoles conocían bien por las barbaridades de la represión franquista.

«Había que resistir el suicidio, no caer en la tentación, como les ocurría a los que se lanzaban contra las vallas electrificadas», comentó Ramón Bargueño un día a un grupo de escolares. Dejó escrita su historia en su libro de memorias "Mauthausen ¡Nunca más!" y en el recuerdo de la gente que escuchó más de una vez sus vivencias, como los alumnos del colegio Fontiñas, en Santiago de Compostela, que tuvieron el privilegio de contar con su testimonio un año antes de su muerte, ocurrida en 2003. Este toledano siempre aderezaba sus recuerdos con ciertas dosis de humor, quizá una licencia intencionada para apaciguar los cinco años que pasó en aquella monstruosa fortaleza de piedra.

Bargueño, nacido en Recas, sabía que la suerte caía más veces del lado de los españoles y se consideraba afortunado. «Con los judíos se ensañaban bastante, pero a nosotros nos respetaban más». Pero la historia de cada uno de los deportados se cuenta según las propias vivencias. El toledano sufrió lo suyo, sin duda, pero otros compañeros se convirtieron en la diana de los guardianes de la SS, unos 10.000 soldados controlaban Mauthausen y los campos anejos, entre ellos Gusen, uno de los recintos que acumularon mayor número de muertes de republicanos españoles.

RECONOCIMIENTO

Mauthausen es uno de esos lugares que aún traslada el horror a los turistas, pero sobre todo, a los supervivientes españoles y de otras nacionalidades que regresan cada 8 de mayo, fecha en la que Alemania fue derrotada, como parte de la Historia reciente. Asisten a los actos programados, se juntan a compartir experiencias y a homenajear a los que murieron en la inmensa fortaleza.

En este viaje se ha embarcado Esteban Pérez, el número 5042, de Portillo de Toledo. Un superviviente que relató su experiencia recientemente en La Tribuna y no ha querido perderse la cita a pesar de sus 99 años. Coincidió en el campo de concentración con varios toledanos, entre ellos, Félix Yébenes, que trabajaba allí como barbero, y Ramón Bargueño, que en principio no le sonaba hasta que se enteró que era el famoso "Mermelada". Aseguró que le haría mucha ilusión saber noticias de él porque no volvió a verle tras la liberación. Ignoraba que Bargueño murió en 2003. Le recuerda con cariño y con cierta envidia sana por su puesto de ordenanza en los calabozos de Mauthausen, bajo las órdenes del mando austríaco de la SS Niedermayer, a partir de 1943. Cargo que le permitió no pasar hambre, pero no le evitó cierto sufrimiento cuando supo que bajo el suelo de los calabozos se encontraban los crematorios y el acceso a la cámara de gas, de la que muchos españoles preferían no hablar.

La historia de "Mermelada" es conocida por un hecho singular. Se sirvió de su puesto de ordenanza para ocultar parte del material fotográfico del catalán Francesc Boix, un buen amigo suyo que conoció en una compañía de trabajadores en Francia, meses antes de su traslado a Mauthausen. El fotógrafo trabajaba en el servicio de identificación y tenía acceso a los laboratorios, donde se revelaban imágenes de la vida diaria en el campo y otras de torturas y humillaciones. El catalán propuso un día a otros deportados, miembros de la resistencia, el robo de parte de ese material en el que se dejaba constancia de los asesinatos, una iniciativa que causó cierta sorpresa en un primer momento.

La derrota de los nazis en Stalingrado fue acompañada de la destrucción de este material brutal y comprometido, pero Boix y Bargueño lograron salvar parte, puesto que éste último escondió un paquete en los calabozos durante unas semanas. Después, el catalán lo recogió, se lo pasó a la resistencia, que se articuló lo mejor que pudo entre los miles de deportados hacinados, y terminó como prueba en el juicio de Nuremberg contra las principales responsables nazis.

LOS DEPORTADOS

"Mermelada" llegó al campo curtido por la tragedia. Vivió una adolescencia tranquila en Recas, pero su juventud estuvo marcada por la Guerra Civil. Se afilió a las Juventudes Socialistas en 1934 y dos años más tarde abandonó su pueblo y se alistó como combatiente durante la contienda. El historiador Benito Bermejo apunta en su obra "Francisco Boix: El fotógrafo de Mauthausen" que este toledano participó desde el primer momento en la defensa de la República, pero nunca imaginó que su familia sufriría un intenso calvario durante años.

Su padre murió asesinado en octubre pocas horas después de la incursión de los nacionales en Recas, y su hermano Tiburcio fue condenado a muerte una vez terminada la guerra y fusilado en el año 1940. A todas estas muertes se sumó la incautación de todos sus bienes, entre ellos, una churrería y un comercio. La historia de esta familia volvió a ver la luz a mediados de 2003, cuando Eufemia y Juana, hermanas de Ramón, consiguieron junto a otros familiares exhumar los restos de su padre y de otros seis civiles más de una fosa común. «Les dijeron que corrieran, que quedaban en libertad, y según lo hicieron los fusilaron», comentó Juana en aquella ocasión. El único delito de Daniel Bargueño había sido formar un comité en las elecciones de febrero de 1936.

Al joven "Mermelada" le hirieron durante uno de los combates, pero logró recuperarse y exiliarse a Francia en febrero de 1939, donde terminó sirviendo para una compañía de trabajadores extranjeros (CTE), encargada de levantar obras necesarias y de servir a los intereses del país que Alemania azotó poco después. La deportación a los campos provisionales, el paso previo a los de extermino, tuvo que ser tranquila, puesto que aún la SS no se había hecho con estas instalaciones. Fue trasladado a Mauthausen el 3 de noviembre de 1941, y de allí al "Kommando Steyr", un barracón que casi acaba con su vida. Por suerte, volvió al campo central para trabajar en los calabozos, aunque casi todo el mundo sabía que un traslado al corazón del campo de concentración olía a muerte.

MAUTHAUSEN

Ningún deportado español fue consciente desde dentro de la abultada lista de compatriotas que murieron en las instalaciones austríacas hasta 1945. Según las investigaciones recientes, hubo más de 7.000 víctimas, la mayor parte de ellas en el campo de Gusen, a cinco kilómetros de Mauthausen. El camino fue largo y duro para todos ellos. En los stalag, distribuidos por todos los territorios ocupados por el III Reich, se aplicaba la legislación propia para los prisioneros de guerra, por lo que muchos españoles pudieron escribir a sus familias, pensando que el siguiente paso sería la deportación a España. Pero Alemania tenía otros planes y la Gestapo inició la identificación de los prisioneros para conducirlos a los campos de exterminio. Los datos apuntan que fueron 10.000 los españoles que pisaron Mauthausen y está acreditado que 4.000 españoles murieron en Gusen en 1941.

Además, Benito Bermejo y Sandra Checa recogen en el "Libro Memorial" los nombres y apellidos de 8.700 españoles, si bien, las nuevas investigaciones, lideradas por el historiador Alfons Aragoneses, añaden 450 nuevas víctimas. De la provincia de Toledo se creía que hubo 189 deportados, si bien, los documentos de numerosos archivos alemanes han permitido sacar a flote cien nombres más, que no se conocían porque no se contabilizaron algunas deportaciones desde los stalags.

Los autores de este volumen editado por el Ministerio de Cultura contabilizan a casi 300 toledanos deportados a campos de concentración, la mayor parte a Mauthausen y Gusen, aunque también hubo traslados a Buchenwald, Dachau, Aurigny y a Neuengamme, aunque los dos últimos fueron casos contados. De Recas sólo aparece el nombre de Ramón Bargueño, pero la lista suma 22 deportados de Toledo, diez de Talavera de la Reina y de Menasalbas, siete de Madridejos y otros tantos de Polán...

LA LIBERACIÓN

Un buen número de españoles sirvieron a la resistencia dentro de Mauthausen. Se organizaban para conseguir noticias del exterior, planeaban escapadas, ayudaban a otros deportados e incluso llegaron a hacerse con armas para intentar un golpe dentro del campo, que fue sofocado en poco tiempo. El KLM (Komando de Liberación de Mauthausen) se creyó la noticia de la puesta en libertad al avistar el primer tanque aliado cerca de las puertas del campo el 5 de mayo de 1945. Pese a la debilidad, un grupo de españoles confeccionó una bandera republicana con la que saludaron a los aliados. Pusieron en letras grandes "República Española", el nombre con el que se conocía a la resistencia seguido de algunos nombres de españoles acompañados del número de identificación en el campo. Ramón Bargueño (3183) ocupaba el quinto lugar de los ocho miembros que quisieron dar testimonio de que se habían salvado de la muerte.

El viernes algunos volvieron a saludarse, esta vez sin bandera, pero con la mirada puesta aún en aquella barbarie.

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