La Tribuna de Toledo
Saltar Publicidad   Cerrar   

Publicidad

Local
Memoria histórica

5042, Esteban Pérez

Marta García - domingo, 15 de marzo de 2009
Este republicano, de Portillo de Toledo, estuvo cuatro años en el campo de concentración de Mauthausen • Actualmente vive en Francia

El 5042 disimula una media sonrisa. Estrenaba rostro y hechuras después de seis meses de descanso, de paseos y de buenas comidas. Esteban desafió a la cámara posando con su pijama de rayas, la estampa del horror en los campos de concentración nazis. Quizá otro no se hubiera vuelto a calzar esas ropas después de haber sufrido tanto, pero este pequeño gesto le infundió ánimos para enfrentarse a la libertad, le enseñó a mirar el futuro con gallardía a pesar de que su memoria aún mantenía fresco su cuerpo huesudo, consumido por años de sufrimiento, esclavitud y hambre y una mirada clavada en la pérdida de muchos otros compañeros.

«La foto me la hice seis meses después de haber salido de uno de los campos de concentración de Mauthausen». La tiene colocada en el salón de su casa, en un pequeño pueblo francés cercano a Perpiñán. La considera su pequeño amuleto y la mira de vez en cuando para aferrarse a la vida. «Esa foto no me da miedo, al revés, me da ánimos», confiesa riéndose a sus 99 años. Se le escucha una voz juvenil al otro lado de la línea telefónica pese a su edad, pero apura la vejez con optimismo y se dice que es un hombre fuerte. Ha conservado su pijama de rayas como prueba de la batalla ganada a los nazis, que no lograron exterminar a un prisionero que se empeñó en vivir aunque le fallaban las fuerzas cada vez que algún alemán gritaba "Achtung", "Atención, firmes", para alertar de la llegada de algún mando de la SS, vestido con su pulcro uniforme de gala.

«Nos trasladaron en tren a Mauthausen desde otro campo de concentración. Nos pusieron un tren especial para los españoles. Parecía algo gracioso porque creíamos que íbamos a un sitio bueno». Esteban Pérez, de Portillo de Toledo, había perdido un año antes su nombre. Era el prisionero de guerra 27.000 de un campo de concentración austríaco. Pero en aquel barracón en el que compartió trabajo con otros 80 deportados no hubo muertes. Sólo trabajo y más trabajo. Los soldados alemanes murmuraban entre ellos, pero no dijeron nada hasta que algunos españoles preguntaron por el destino. «Yo no digo nada, pero vais a un sitio que ya veréis lo que hay allí. Vais a caer en mal sitio», comentó uno de ellos durante el trayecto. Los deportados españoles, que ya habían pasado por la crudeza de la Guerra Civil y por los campos de trabajo franceses, no se esperaban tanto horror.

la deportación

Las fechas vuelven a la memoria de Esteban. «El 4 de mayo de 1940 me cogieron los alemanes cuando estaba trabajando y me trasladaron al campo de concentración 17-A, en Austria». Llevaba pocos meses en un campo de refugiados francés cuando le sorprendió la visita, ya que sus primeros meses en este país los pasó ingresado en un hospital para curarse de algunas heridas de guerra. «Pasé la frontera el 6 de febrero de 1939 y estuve tres o cuatro meses en el hospital porque me hirieron en el 38. Muchos españoles huimos a Francia y sólo regresaron los que no tenían nada que temer, pero lo que estábamos un poco liados con nuestras ideas políticas decidimos quedarnos este país».

La falta de noticias de su familia y las duras condiciones de vida en los campos de refugiados se asomaron como pequeñas cicatrices comparadas con las heridas de la esclavitud de uno de los campos satélites de Mauthausen. Esteban estuvo sin saber nada de su mujer y de su hijo pequeño durante cinco años, pero tampoco se dejó llevar por la desesperación porque la única obsesión que ponía en pie su maltrecho cuerpo cada mañana era salvarse de la muerte.

Cada traslado supuso un horror nuevo. Los españoles también sufrieron la hambruna y las duras condiciones de vida en los campos de refugiados franceses, recrudecidas a medida que el ejército alemán avanzaba hacia el país. La proximidad de una guerra cambió los planes del Gobierno, que decidió servirse de los refugiados españoles para cubrir los puestos vacantes de los jóvenes franceses, enrolados en la legión, y completar las tropas auxiliares del ejército. Sin embargo, la mayoría de los combatientes republicanos optó por integrarse en las Compañías de Trabajadores Extranjeros.

«Nos dedicábamos a levantar una fortificación de guerra y a trabajos para la defensa de los intereses nacionales», pero al cabo de varios meses, trasladaron a este toledano a un campo de concentración austríaco, donde permaneció más de un año. La maquinaria del ejército nazi acabó con la unidad de defensa que vendía Francia y el desamparo se cebó con estos prisioneros de guerra. Sin embargo, esos primeros campos provisionales, los conocidos stalag, apenas se parecían a los campos de concentración controlados por la SS alemana, reconvertidos en lugares de exterminio a medida que avanzaron los años 40.

El historiador Benito Bermejo cuenta en su obra "Francisco Boix, el fotógrafo de Mauthausen" que los españoles disfrutaron de ciertos privilegios en estos barracones provisionales, puesto que todavía eran prisioneros de guerra. Incluso algún español ha llegado a comentar años después de la liberación que existía la figura de hombre de confianza, un enlace que se encargaba de transmitir quejas y necesidades a los alemanes.

«El año que estuve como prisionero en este campo hice lo que me decían. Estábamos bien organizados, éramos un grupo de trabajo que salíamos de allí para enterrar patatas en invierno, construir carreteras o cualquier otra actividad». La tranquilidad terminó meses después, con la visita de la Gestapo, la policía secreta del Estado. «Llegaron un día y sin saber por qué razón me metieron ocho o diez días en una celda. No hice nada más que quitarle a un alemán lo que nos quitaban a nosotros». Esteban asegura que los españoles tenían derecho a coger los paquetes de supervivencia que mandaba la Cruz Roja. «Pero los alemanes no nos los daban y es cierto que cogí alguna cosa para comer». La actitud de la Gestapo le causó cierta sorpresa porque que el mando que controlaba el campo simpatizaba con los republicanos.

«El de la Gestapo me dijo cuando me metió en la cárcel: "Cuando venga a abrirle la puerta me encontraré un cadáver", pero pasó lo contrario, estaba más fuerte que cuando me encerró». Esteban tuvo la suerte de coincidir con un antiguo compañero húngaro de las Brigadas Internacionales, que se encargaba de limpiar las celdas. «Mientras estuve encerrado no me faltó de nada, comía mejor porque me conseguía más comida de la que nos daban y fumaba más. Cuando vino aquel centinela a abrirme la puerta se quedó asustado», comenta Esteban. «Usted esperaba verme muerto y estoy vivo todavía», le dijo con descaro. Ignoraba que la presencia de la Gestapo obedecía a una orden para la toma de datos de los presos españoles a fin de diferenciarlos de los deportados franceses.

Esteban tampoco sabía que pronto llegarían las tropas de la SS, el ejército de élite alemán, para trasladarles a Mauthausen. «Lo pasamos bien y mal dependiendo de la época. Teníamos cierta libertad de expresión y podíamos jugar con el balón y entretenernos con algunos juegos, pero con mucha cautela. Lo podíamos hacer porque había algunos guardianes que eran del ejército checo y nos pasaban información y hablábamos de vez en cuando con ellos».

¿Y con los alemanes?

«Los alemanes eran alemanes. Estaba la SS, que nos controlaba mucho. Había que tener cuidado con ellos, mucho más que con otros soldados alemanes, que eran de otra manera de ser». Esteban cuenta como una hazaña el intento de los españoles por conocer noticias del exterior y la camaradería con la que llegaban a preguntar a algunos soldados alemanes del ejército popular. «En el stalag no murió nadie, pero las cosas cambiaron cuando llegamos a Mauthausen».

el campo.

El tren se detuvo en Mauthausen, un pequeño pueblo austríaco, cerca del conocido campo de concentración fundado en 1938. Las puertas se abrieron y se encontraron con más de 30 militares de la SS achuchando con sus perros. El protocolo siempre fue el mismo. Los convoyes paraban en el pueblo y los deportados eran custodiados hasta el campo de concentración, donde recibían su pijama de rayas con el triángulo azul de apátridas cosido en el pecho. En el caso de los españoles se añadía la S para distinguir su nacionalidad. Había que cumplir la norma emitida por las autoridades policiales nazis el 25 de septiembre de 1940, en la que los refugiados españoles dejaban de ser prisioneros de guerra y quedaban en manos de la policía alemana para su envío masivo a los campos de concentración. Órdenes «del Führer».

La proximidad de las canteras y la necesidad de Austria de emular las "grandezas" de Alemania justificaron el nacimiento de este campo de concentración para emplear mano de obra, una manera sutil de exterminar a los deportados a lo largo de los meses. «Allí la disciplina era otra y los métodos de trabajo eran muy distintos».

A Esteban no le impresiona recordar el pasado, quizá sus ganas de sobrevivir al campo disimularon el horror en algunos momentos. «El trabajo fue continuo en Mauthausen durante los cuatro años que estuve. Hicimos carreteras, construcciones y terminamos trabajando en los sótanos de una antigua fábrica de cerveza para producir los gases necesarios para el lanzamiento de los cohetes V1 y V2 que se mandaban contra Francia e Inglaterra».

Aunque la primera impresión cuando alguien escucha la palabra Mauthausen sea la del exterminio masivo como ocurrió con los campos que se levantaron en Polonia, lo cierto es que la mayoría de los deportados murieron por la hambruna y las condiciones de trabajo.

¿Qué fue lo más duro?

«Pasar hambre y no tener qué comer. He visto a españoles caerse muertos pensando en sus familias. Yo les decía que no pensaran en nadie, que si querían volver a verlas tenían que intentar aguantar para salir de allí, pero muchos caían desmoralizados. En el patio del barracón que construyeron un grupo de cien españoles poco después de su llegada había siempre algún muerto por el suelo. Esteban ha visto morir de pena a muchos compañeros. Se sentaban en cualquier lugar, arrebujados por el frío, y dejaban de respirar. «No conozco a ningún español asesinado, todos los que vi morir desaparecieron por su propia naturaleza», insiste al otro lado del teléfono.

Este toledano no supo allí dentro que cientos de españoles desaparecían de la noche a la mañana gracias a un programa de eliminación llamado "Nacht und Nebel". (Noche y niebla). Las detenciones se producían por la noche y al amanecer no quedaba ni rastro de un buen número de ellos. «Sólo coincidí con una compañía de judíos, que desapareció de repente. Estaban destinados a subir las piedras de las canteras, pero no los vimos más. No sé si se marcharon o desaparecieron porque allí no se corría la voz». Tampoco presenció como los alemanes se entretenían empujando escaleras abajo a unos cuantos prisioneros que subían y bajaban con las piedras de la cantera.

Las cámaras de gas no suscitaban comentarios. Esteban sabía que existían, pero tampoco le preocupaba el tema. Cuando el hambre aguzaba su estómago, sólo pensaba en resistir. Uno de los primeros días se acercó a las cocinas del campo central junto a otros compañeros para intentar robar algo. «Vi un montón de muertos al lado del crematorio porque la cocina estaba muy cerca, pero no me impresionó ni me dejé llevar por la situación. «No pensaba en nadie, relata, «sólo quería salir de allí». Confiesa, como una chiquillada, que algunas veces rondaban por la zona por simple curiosidad, quizá para comprobar qué existían esas cámaras de gas aunque nadie hablara de ellas.

La hambruna debilitaba los cuerpos de los prisioneros y los huesos empujaban hacia fuera. «Comíamos nabos, nabos y nabos», que alternaban con un café aguado por la mañana y un pedazo de pan en las tardes de suerte. Lo único que no racionaban era el agua y más de uno intentó engañar la gusa con uno o dos litros diarios.

un duro episodio.

Las condiciones de vida en los barracones propiciaban las enfermedades, que solían atacar a los más debilitados. «Las piernas se me inflamaban y no podía andar bien. Las tenía que poner en alto para aguantar un día y otro». Esteban temía que le llamaran de la enfermería del campo central, que saneaba los barracones eliminando a la mano de obra enferma cuando comenzaba a no ser útil.

«¿Y le llamaron?

«Oui, Oui. La piqûre, la piqûre (Sí, sí, la inyección). Estoy vivo gracias a un coronel checo que también era deportado». A Esteban le avisaron de la enfermería y acudió allí de inmediato. Se encontró con el médico al que saludaba todos los días. «Me preguntó que de dónde venía y qué me pasaba. Lo único que le dije es que quería comer. Entonces me pegó un empujón y me dijo que al día siguiente tendría que ponerme en la fila de los prisioneros que salían fuera del campo a trabajar porque si no me tendría que poner la inyección». Esa noche no pudo dormir pensando que tendría que estar atento y colocarse en aquella fila para lograr salvarse. Esteban no pasó más revisiones médicas a pesar de su mal en las piernas, pero todavía recuerda emocionado el día que el checo le salvó la vida. En esa enfermería de Mauthausen, practicó numerosos experimentos Aribert Heim, el conocido "Doctor Muerte", durante unos meses. Se cree que murió hace pocos años, pero los investigadores que se han entregado a cazar nazis en la actualidad le han intentado seguir la pista en los últimos años y la policía alemana se desplazará hasta Egipto para encontrar sus restos. Fue uno de los médicos más crueles del III Reich, conocido, entre otras cosas, por la aplicación de una inyección de benceno que pinchaba a los prisioneros para comprobar cuánto tiempo resistían antes de que la química taponase su corazón.

La situación forzó la puesta en marcha de la resistencia, grupos de españoles que trataban de lograr información del exterior y se organizaban dentro de los barracones. Mauthausen fue articulando un gran número de campos dispersos por toda Austria, vigilados por unos 10.000 soldados de la SS. Aunque, sin duda, el más hórrido fue el de Gusen, donde perdieron la vida miles de españoles en los últimos años. Quizá la frase de Antonio Muñoz Zamora, uno de los supervivientes almerienses representa la solidaridad que surgió entre los españoles. «No hay mordaza más sólida que la que el miedo anuda». Los que fueron resistiendo el paso de los meses, considerados veteranos, intentaron ganarse un puesto en los distintos oficios para librarse de la temida represión. Se ha narrado alguna vez que incluso un grupo de españoles se hizo con armas e intentó un golpe en el campo central de Mauthausen, aunque la victoria no duró ni un sólo día. «Había épocas mejores y peores, pero nunca terminábamos de tener la conciencia tranquila porque pensábamos que podría tocarnos a nosotros». Esteban recuerda con cariño el "comando de los cien españoles", como se hacían llamar unos 80 españoles en un barracón de 500 prisioneros, que construyeron poco después de llegar a Mauthausen. La suerte también trabajó lo suyo allí para que en su campo no hubiera cámaras de gas ni hornos crematorios. «Hacíamos cosas que no debíamos como robar en las cocinas. Eran errores que cometíamos porque la situación nos obligaba a hacerlo. Y en Mauthausen se pagaba todo».

Esteban coincidió en estos años con algunos toledanos. Recuerda a uno en especial, aunque sólo sabe que le llamaban "El Mermelada". Ramón Bargueño trabajaba en la cárcel especial levantada en Mauthausen y sólo menciona que fue uno de los prisioneros con más suerte porque su cargo le permitió no pasar hambre. Pero lo que ignora es que este otro toledano casi se muere de una indigestión porque los nazis le obligaron a tragarse cinco kilos de mermelada como castigo por su pequeño robo en una de las cocinas. Félix Yébenes fue otro de los toledanos con los que coincidió. «Éste era barbero y también tenía más comida que los demás», comenta con cierta envidia. Hasta hace poco los historiadores calculaban que fueron trasladados a Mauthausen 189 toledanos. Sin embargo, las investigaciones recientes, lideradas por el historiador Alfons Aragoneses, apuntan cien deportados más cuyos nombres han sido rescatados de archivos alemanes.

la liberación.

«Salimos de una manera inusual porque la liberación se produjo dos días antes de que los aliados llegaran a Mauthausen». Los días 6, 7 y 8 de mayo de 1945 los prisioneros volvieron a la libertad y se salvaron del último horror que planeaban los nazis como remate final de sus barbaridades: Juntar a todos los prisioneros y masacrarlos antes de la llegada de los aliados. «El alemán que gobernaba nuestro campo ofreció un discurso en el que nos dijo que nos teníamos que trasladar de campo porque la cosa se estaba poniendo muy negra para ellos». A Esteban se le aniña la voz cuando habla de esta experiencia. «Le dijimos al intérprete que teníamos, un joven catalán que se había aliado con ellos, que le dijera cuanto terminase el discurso que no era necesario que nos trasladaran, que podíamos quedarnos allí esperando y le prometimos que nadie haría nada». Pero el catalán no hizo caso y el comando de los cien españoles abandonó su barracón. «Nos condujeron los alemanes y tuvimos que dormir alguna noche en un bosque. Los que nos custodiaban eran soldados alemanes rasos, que no tenían nada que ver con la SS. Le dijimos al "panadero" y al "gallina", así los llamábamos, que se marchasen a ver a sus familias, que pronto nos liberarían y nosotros también queríamos ver a las nuestras». A Esteban le hace gracia recordar la pinta de aquellos alemanes con los uniformes de la SS. «No eran como ellos, aunque les obligaban a vestir sus uniformes porque eran más prestigiosos».

La liberación se produjo poco tiempo después. «Nosotros nos dirigimos hacia dónde se escuchaban los tiros. Nos soltaron y nos encontraron en plena carretera. Vimos a un tanque americano de lejos y le hicimos señas, pero no se paró a preguntarnos», comenta incrédulo todavía. Esteban tampoco supo hasta pasado el tiempo que murieron más de 7.000 de los 10.000 españoles que pasaron por Mauthausen. «No sé por qué hubo españoles que murieron y otros que no, pero lo dice el monumento levantado en su homenaje. La verdad es que no comíamos bien como para vivir».

El reencuentro.

«Hasta 1950 no pude ver a mi mujer. A mi hijo no lo conocí porque murió muy pequeño». La historia de Esteban la comparten otros muchos deportados españoles que sobrevivieron a los campos de concentración. Buena parte tuvo que buscar su sitio en Francia, después de pasar por centros residenciales destinados a su recuperación. «Intenté entrar en España y escribí al Ministerio de la Gobernación para saber si había algo contra mí. Me dijeron que no tenía de qué temer, pero aún así no me arriesgué porque no me fiaba de nadie». Esteban se acuerda aún del día en el que se casaron, aprovechando un permiso de 24 horas, en 1937. También relata las dificultades a las que se enfrentó para conseguir poner los apellidos reales de su mujer a sus otros dos hijos. «Me casé con una mujer que no existía porque vivía escondida con una familia y tenía sus apellidos, pero los verdaderos eran otros».

Hora y media de conversación telefónica y Esteban continúa con ganas de seguir contando su historia. No se cansa y no quiere colgar el teléfono sin reconocer que Francia le ha otorgado cuatro medallas al mérito. Aunque lo más importante para Esteban es regresar al campo de concentración el próximo 8 de mayo y pasar un rato con otros españoles. Volver a Mauthausen le dará fuerzas para seguir viviendo.

Compartir en Facebook
Compartir en Google Plus
Compartir en Twitter

>Resultados Deportivos

Fútbol
Gernika 1 CD Toledo 0 Finalizado
Guadalajara 1 Mora CF 0 Finalizado
CD Illescas 0 At. Tomelloso 1 Finalizado
Fútbol Sala
AD Bargas Roberto Cristóbal 3 Talayuela 1 Finalizado
Navalmoral FS 2 Gelovisión Ciudad de Toledo 2 Finalizado
Mejorada FS 6 Soliss FS Talavera 5 Finalizado
Grupo Promecal
Se recomienda una resolución de pantalla de 1024x768 y las últimas versiones de los navegadores.
La Tribuna de Toledo digital se basa en el Sistema de Gestión de Contenido desarrollado por Escrol