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Un colegio para dos alumnos

Leo Cortijo - sábado, 3 de noviembre de 2018
La sección del municipio de Torralba del Colegio Rural Agrupado Los Sauces solo es uno de esos muchos centros educativos de Castilla-La Mancha en los que el número de alumnos se puede contar con los dedos de una mano


Lunes. Amanece en Torralba, suena el despertador y Diego e Iker se preparan para un nuevo día de clase. Tienen que darse prisa en arreglarse y desayunar, aunque en su colegio no se pasa lista. En realidad no es necesario. Si falta uno, falta la mitad del alumnado. Con la mochila a cuestas y abrigados a más no poder porque el duro invierno en la alcarria conquense ya ha llegado, acuden a la llamada de su maestro, Jorge Esquivias, que les espera en la puerta del centro con una sonrisa de oreja a oreja.
En el número 2 de la inconfundible calle de Las Escuelas se asienta el vetusto edificio en el que un día estudiaron sus padres –con muchos más niños en la clase– y en el que ahora ellos cursan sexto de Primaria. El horario marca que antes del primer cuarto de hora de recreo de los dos que tienen por día «toca» Matemáticas, para estudiar los números enteros, y Lengua, donde se afanan por aprender la acentuación de los monosílabos. El aula, que se hace gigantesca para ellos tres solos, apenas encuentra medio metro cuadrado sin decorar. Desde un gran dibujo de Peppa Pig hasta un mural dedicado a Mozart, pasando por mapas del mundo, listados con los músculos y los huesos del cuerpo y estanterías repletas de libros, juegos de mesa e instrumentos musicales. Todo cabe en un escenario en el que el epicentro sigue siendo la pizarra. A la vieja usanza. Como siempre.
Pero aquí no acaba el cuento. Ni mucho menos. El entorno, el contexto y las circunstancias se prestan para mucho más. Y Jorge, maestro de vocación y por convicción, lo sabe y lo aprovecha a la perfección. «Muchas veces salimos a la calle para que los contenidos aprendidos en clase tengan su aplicación práctica en la realidad, que en definitiva es donde uno desarrolla su vida», comenta. De esta forma, cuando en Sociales estudiaron los sectores productivos, dieron un paseo por el pueblo para ver sobre el terreno las actividades económicas más importantes. Y del mismo modo, cuando en Naturales trabajaban la evolución de los árboles con el paso de las diferentes estaciones, acudieron al parque para ver cómo empezaba a caer la hoja.
Las típicas excursiones de colegio también son muy distintas sin esa marabunta de niños de aquí para allá. Hace nada visitaron la mina roma de lapis specularis del municipio, y lo hicieron desplazándose hasta el lugar en bicicleta. «Hacer bici aquí en Educación Física es algo que podemos realizar sin ningún problema; cosa que en la capital es, a lo mejor, impensable», señala Jorge.
Como en todo en la vida, ser parte de un Colegio Rural Agrupado (CRA) con tan solo dos alumnos, tiene pros y tiene contras. En comparación a una clase de 25 niños hay tantas diferencias como similitudes. A nivel de contenido académico, avisa el maestro, «no hay ni una sola diferencia, aquí se estudia lo mismo que en un colegio de la capital». Lo único que varía –las circunstancias obligan– «es la forma de trabajar». Sin mucho pararse a pensar, profesor y alumnos coinciden en que el principal punto a favor es que ésta es una educación prácticamente individualizada. Con solo dos niños, «hay más tiempo para corregirles, supervisarles y hacer muchas más dinámicas de trabajo que en una clase de 25».
En el plato de lo positivo también se coloca el acceso al material educativo. En gimnasia, por ejemplo, Iker y Diego no tienen que hacer grupos ni turnos para usar los aros o las combas. Y tres cuartos de lo mismo ocurre con su modesto punto de acceso informático, en el que cada niño tiene su propio ordenador.
Ahora bien, en el reverso de la página de este particular libro también hay contras. A la hora de hacer trabajos grupales y participativos... «todo se cae por su propio peso», y es que el significado de la palabra grupo se reduce a la mínima expresión: un binomio. Haciendo grande El origen de las especies de Darwin, la clave está en adaptarse al medio. «Hay ejercicios en Educación Física que, evidentemente, no se pueden hacer», explica el docente, «así que o bien los adaptas, o bien buscas juegos que te permitan trabajar las mismas habilidades pero de otra forma».
vocación. Jorge siente pasión por lo que hace. «No sabría explicarte por qué, pero me encanta mi trabajo», señala mientras intenta buscar una razón a la ilusión que le lleva a enseñar a diario a Iker y Diego. «Intento buscar todos los días actividades para poder aprovechar mejor la docencia e ir aprendiendo para ser mejor maestro en el día a día». Y es que esa es la madre del cordero para él: la motivación por enseñar, que nada tiene que ver con ser maestro en una clase de dos o en una de 25. «El maestro que de verdad quiere, hace actividades y proyectos muy interesantes con lo que tiene... Ahí están las ganas que cada uno tenga de hacerlo», comenta al respecto. «Nosotros tratamos de aprovechar al máximo lo que tenemos para intentar hacerles el día a día en la escuela más apetecible». Y todo esto, teniendo claro que es «un profesor más, de colegio de pueblo, sí, pero uno más». Por eso, en un alarde de humildad y honradez, resta méritos a su encomiable labor.
Él tiene un «truco» que le ayuda a ser y a estar. A sentir y a vivir. «Hago todas las cosas como a mí me gustaría que me las hicieran», dice. Y es que Jorge es padre, y le encantaría que sus hijos tuvieran toda la atención posible del maestro, que los sacaran fuera del aula para hacer actividades y que tuvieran acceso a todos los recursos que pudieran. Y eso, precisamente, es lo que él pone en práctica sin cejar en el empeño.
Llega el tiempo de recreo. Iker y Diego salen al patio aunque la mañana no acompaña. Un enorme y longevo fresno que comienza a perder su corona en forma de hojas amarillas impone su ley con su majestuosa presencia. Los chavales apenas encuentran momento para la distracción, y es que hay que llevar a buen puerto una de las grandes ideas de su maestro: los almuerzos saludables. Cada lunes, Jorge, Iker y Diego llevan dos piezas de fruta cada uno. Un fruta que, a lo largo de la semana, comparten entre los tres en un momento de relax marcado por un notable hábito alimenticio.
Además de compañeros de clase e inseparables amigos, los dos únicos niños de Torralba son primos. Los genes –y la edad– les han llevado a compartir gustos y aficiones, como su pasión por los videojuegos o el hecho de que ambos quieran ser policías cuando sean mayores. Lo que no comparten es equipo de fútbol. Todo lo contrario. Iker es del Barça, y ahora saca pecho después de endosarle «una manita» al eterno rival. Diego, que guarda sus bolígrafos en un estuche del Madrid, replica con «las cuatro Champions en cinco años» de los merengues.
A Diego le encanta Ciencias Sociales, es su asignatura favorita, «y más cuando hablamos de los planetas». Iker cambia de registro, pues «desde pequeño» es un apasionado de las matemáticas. Él es más serio, y reconoce que le gustaría que su colegio tuviera más niños con los que jugar, porque en el pueblo hay «cuatro gatos». Un chascarrillo que genera la carcajada en un ya de por sí risueño Diego, que además avisa: «Mi risa es muy contagiosa, me lo dice todo el mundo». Y no se equivoca...
población. Por el colegio se deja caer Alfonso Bonilla, alguacil del pueblo y encargado de todo el mantenimiento. Un testigo perfecto del paso del tiempo y de la paulatina decadencia poblacional de Torralba. «En la segunda mitad de los años 50 aquí había más de 1.000 habitantes y ahora apenas hay 120 censados y solo 80 viviendo», comenta. Ese ocaso demográfico encuentra su cénit en el propio colegio, en el que ahora solo estudian dos alumnos, y es que «hace 50 años estábamos 40 chicos, unas 30 chicas y otros 25 niños en párvulos». Tanto era así que «todos juntos no podíamos salir al recreo porque no cabíamos en el patio», comenta el aguacil cuya sentencia en forma de incógnita es palmaria: «¿Ahora? Niños como éstos, dos... y se acabó».
La pérdida de alumnos en el colegio la ha sufrido el propio Jorge. En una primera etapa hace 15 años, recuerda que había 11 niños matriculados. El curso pasado, sin ir más lejos, había cinco. Ahora solo quedan Iker y Diego, que afrontan un intenso año de preparación de cara a su acceso al instituto el curso que viene. Se desplazarán a Priego para cursar la ESO si no ocurre nada fuera de lo normal, y es que ambos, comenta el maestro, «no deberían tener problemas para aprobar». Cuando eso suceda el colegio se quedará sin niños. ¿Y qué pasará entonces? Jorge se encoge de hombros y no termina de encontrar respuesta. Es aquí donde uno recuerda una de las frases que a modo de lección adornaban el aula: «No te rindas, que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y... destapar el cielo».

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